¿Estamos predispuestos a creer en Dios?

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Por Ivette Elías Rodas, integrante de la SSH.

¿Estamos predispuesto a creer en dios? Nuestra historia nos dice que sí. A lo largo de nuestra historia como especie, las distintas poblaciones han creado dioses para explicar lo desconocido por medio de mitos. La gran interrogante del ser humano desde que tuvo capacidad de reflexión ha sido cómo llegamos aquí. Esta pregunta ha llevado al hombre a inventar un sinfín de seres mitológicos con aspectos extraños. Lo llevó a atribuirles los fenómenos inexplicables para nosotros, como la lluvia o el rayo; y a inventarles incluso historias similares a las nuestras, con sus alegrías y amarguras, humanizándolos a pesar de su carácter divino, «sintiéndolos más a nuestra imagen y semejanza», tal como escribió el antropólogo, etnólogo y sacerdote católico alemán Wilhelm Schmidt en su obra publicada en 1912, El origen de la idea de Dios.

En 2013, William Rendu, investigador en el Centro de Investigación Internacional en Humanidades y Ciencias Sociales (CIRHUS) en Nueva York, confirmó que ya los Homo neanderthalensis enterraban a sus muertos hace 50.000 años. Lo que indica que probablemente tenían algún tipo de creencia respecto a la vida después de la muerte. Entre esa época y los milenios anteriores a la revolución agrícola de hace 12.000 años, la creencia animista era común entre los cazadores recolectores. El animismo (del latín anima, «alma» o «espíritu») es la creencia de que casi todos los lugares, todos los animales y todos los fenómenos naturales tienen conciencia y sentimientos, y pueden comunicarse directamente con los humanos (Harari, 2014).

Con la revolución agrícola se empezó a forjar el politeísmo que más tarde, con la llegada de los imperios y las grandes redes de comercio, terminó por volverse un patrón común en cualquier parte del mundo. Culturas como la griega, la romana y la hindú aseguraban que el mundo estaba controlado por un grupo de poderosas divinidades. Los humanos podían invocar a estos dioses y los dioses podían, si recibían devoción y sacrificios, dignarse a conceder lluvia, victoria y salud (Harari, 2014).

Ya entre el 800 y el 200 a.e.c., en tres regiones distintas del mundo: China, India y Occidente, se debatía de manera independiente, y con distintos niveles de reflexión filosófica, cuál era el camino adecuado para la salvación personal y qué reglas éticas son las adecuadas: nacen algunas de las religiones más conocidas con sus respectivas normas de conducta. La historia nos cuenta cómo el monoteísmo se implantó en ciertas religiones como el cristianismo, el judaísmo y el islam donde adoran a un solo dios creador del todo. En tanto que el hinduismo, entre otras, mantenía un abanico de dioses para adorar. Tal como los griegos y romanos de antaño, quienes por su adoración fueron creadores de grandes maravillas arquitectónicas muchas aún de pie hoy en día. La mayoría de especialistas coinciden en que no habría sido posible la formación de grandes culturas si no hubiesen sido unificadas por una ficción en común, por algo en lo cual todos creyeran no hubiese habido nunca ningún buen nivel de colaboración grupal. Precisamente el poder crear ficciones intersubjetivas es lo que afirman que nos diferencia de los animales. Los chimpancés, por ejemplo, difícilmente pasan de grupos de cincuenta individuos. Luego de eso, la estabilidad del grupo se resquebraja por falta de una debida comunicación y ficciones intersubjetivas y el grupo se escinde en dos (Harari, 2014).

LAS RELIGIONES HOY

Algunas de las religiones nacidas en esa época que parece remota, con sus respuestas a cuestiones profundas, han subsistido hasta hoy. Quizá debido a que durante mucho tiempo no se podía discutir siquiera esas ideas porque se era atacado por los seguidores de dicha religión. Bajo estas condiciones, algunos errores de razonamiento han llegado hasta nosotros. Nótese, por ejemplo, la falacia circular en el siguiente diálogo:

-¿Cómo sabes que dios existe?
–Lo sé porque lo dice la Biblia.
-¿Y cómo sabes que lo que dice la Biblia es verdad?
–Porque la Biblia es palabra de dios.

Y si se vuelve a preguntar cómo sabe esto último, probablemente se responda que “porque la Biblia lo dice”, haciéndose evidente el error de razonamiento.

Argumentos similares se aprecian en casi todas las demás religiones. Sin embargo, sorprende que son respuestas que han dejado y siguen dejando satisfechas a millones de personas, que han evitado el trabajo de dudar, no considerando siquiera la posibilidad de estar equivocado. Lo cierto es que a pesar de sus nada lógicas respuestas, las distintas religiones siguen existiendo. ¿A qué se debe? Una de las principales razones, según Richard Dawkins, es por el poder que tienen los padres sobre sus hijos para insertar ideas en una etapa tan frágil para el cerebro como lo es la infancia. En esta etapa, nos aferramos sin cuestionar a lo que nos dicen las personas que cuidan de nosotros. En otras palabras, en la infancia y la niñez es cuando nuestro cerebro está predispuesto a creer en lo que fuera que nos dijeran las personas en las que confiamos. Es cuando cualquier fantasía es fácil de ubicar en la mente como realidad, con el riesgo de arraigarse tan adentro que sería imposible sacarla de ahí.

PERO DESPUÉS DE TODO, ¿ES MALO CREER EN DIOS?

Nuestra historia nos dice también que puede llegar a ser muy malo. ¿No es malo acaso creer que si nos hacemos volar con una bomba atada al cuerpo junto a inocentes, Dios nos premiará con vida eterna y algunas decenas de vírgenes? Si bien el politeísmo solía ser bastante tolerante con las expresiones religiosas, todos sabemos por historia la cantidad abismal de muertes que han generado las conquistas del islam, las cruzadas o la Santa Inquisición. Aunque actualmente la mayoría de religiones parecen predicar enseñanzas moderadas respecto al uso de la violencia, el biólogo evolucionista Richard Dawkins opina que inclusive «la enseñanza moderada de la religión es una carta abierta al fanatismo».

El 11 de septiembre de 2001, terroristas de Al Qaeda secuestraron y estrellaron dos aviones llenos de pasajeros contra las torres gemelas del World Trade Center en Manhattan. Según las creencias de los yihadistas, la recompensa por este sacrificio es una vida eterna y 72 vírgenes en el el paraíso.

El 11 de septiembre de 2001, terroristas de Al Qaeda secuestraron y estrellaron dos aviones llenos de pasajeros contra las torres gemelas del World Trade Center en Manhattan. Según las creencias de los yihadistas, la recompensa por este sacrificio es una vida eterna y 72 vírgenes en el el paraíso.

Dentro de los derechos fundamentales del ser humano se encuentra la libertad de conciencia, de creer en lo que queramos. El problema viene cuando nuestras creencias interfieren directamente con los derechos de los demás. Ya sea que lo hagamos asesinando, discriminando o ensayando discursos de odio hacia otro ser humano, una creencia puede llegar a ser bastante perjudicial. Inclusive fuera del ámbito religioso, una creencia puede resultar bastante peligrosa. Imagínese por un momento que una persona que cree que la Tierra estaría mejor sin humanos tuviera el poder para desatar una guerra atómica que podría extinguirnos.

Sin embargo, es justo decir que existen creencias acerca de dios (o de cualquier cosa) verdaderamente inofensivas e inclusive beneficiosas. Muchas personas conservan su entereza emocional y salud psicológica tras perder a sus seres queridos con la esperanza de verlos en el más allá. Los mismos efectos pueden producir creer que alguien nos cuida desde el cielo. Algunas personas sienten que necesitan ciertas creencias religiosas como bastón para ir por este valle de lágrimas y no se hace daño a nadie. Sin embargo siempre hay un daño al evadir ciertas respuestas sobre nuestra mortalidad y al dar por bueno un sistema de mentiras (Carrier, 2018).

Por último, muchas de las creencias que han surgido de las complejas relaciones sociales del ser humano deberían ser perfectamente debatibles. Puede discutirse si es que existen buenos motivos suficientes para creer en tal o cual cosa, pero lo que no se puede hacer es imponer las creencias a los demás, mucho menos si se recurre a la violencia.

Si las creencias valen de algo, deberían de resistir el examen crítico”. Richard Dawkins

Texto e imágenes de: Utero
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