“El Ángel” cuenta la historia real de un sociópata argentino que fue condenado a cadena perpetua cuando tenía 20 años

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Escribe: Alberto Castro (IG: @mc_zorro)

Carlos Robledo Puch fue capturado en Argentina en 1972, luego de haber cometido una larga serie de crímenes, que incluían más de diez asesinatos y casi una veintena de robos. Tenía apenas 20 años y fue condenado a cadena perpetua. Considerando que el policial es un género rentable con los argentinos (prueba de ello, el éxito de películas como “El secreto de sus ojos”, “Tesis sobre un homicidio”, “El clan” y “Nueve reinas”), era cuestión de tiempo para que el mayor sociópata de la historia del país latinoamericano consiguiera su película.

Es así que Luis Ortega, quien en el 2015 ya nos hubiera regalado una versión más lúdica, colorida y excéntrica de la historia de los Puccio que su contraparte cinematográfica, en la serie de televisión titulada “Historias de un clan”, regresa a esa exploración musical de una época, de edición rítmica muy al estilo del inglés Edgar Wright, de colores saturados y prolijidad en la dirección de arte, para, justamente, ahondar en la paradoja de la violencia que inunda la mente del personaje principal. Y es que, ¿quién hubiera creído que un jovencito andrógino, de apariencia frágil, rubio y bello podría ser capaz de tremendas atrocidades? El cuidado estético juega con ese doble filo: la sangre quiebra la armonía visual, como cuando ese cuadro diabólico, de un momento a otro, irrumpe en el cuarto de geometrías limpias del protagonista.

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Pero no se trata de una simple crónica de todas las salvajadas cometidas por el menor, sino que el director también busca ahondar en su marginalidad desde lo sexual. El Chino Darín interpreta a Ramón, el matón con el cual forma una dupla ideal para realizar sus robos: la tensión que se genera entre ambos está a medio camino entre la admiración extrema y el deseo carnal. Las imágenes más poderosas de la cinta son aquellas en las que el cuerpo masculino y su feminidad se exploran en imágenes que hacen eco a la filmografía de Almodóvar y al reciente suceso queer de Troye Sivan.

Lamentablemente, esa exploración queda a medio camino. Tal vez porque la vida real no suele tener arcos dramáticos como los de la ficción: hacia la segunda mitad de la película, todo empieza a acelerarse y se termina abruptamente. La soledad del protagonista y la exploración de sus demonios internos quedan apenas en boceto y esa contradicción de su co-protagonista, quien oculta su fascinación por el mundo del espectáculo tanto como por el rostro del ‘Ángel’, se trunca a medio camino.

Pero su visionado es ligero y fresco, gracias también a un soundtrack de lujo que combina una serie de temas de antaño que aluden a la nostalgia. Porque nosotros también añoramos esa juventud perdida, esa libertad de explorar y romper las reglas, imponerse al sistema, luchar por aquello que uno quiere que sea suyo. No al nivel de Robledo Puch, claro, pero el cine nos permite probar un poco de aquel atrevimiento.

Texto e imágenes de: Utero
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