‘Apología del hincha’ o las razones por las que amamos el fútbol

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En medio de la fiesta que tiñe el ambiente tras los últimos resultados de la selección nacional, esos que avivan las esperanzas de volvernos a ver en un mundial; no falta quienes enarbolan un desánimo que no se esfuerza en disimular y que asume que todo lo que gira en torno al fútbol es vacío o escaso de racionalidad. Tanto desde la academia o de cierto sector intelectual que juega a ser la ‘reserva cultural’ del pensamiento más preclaro, o desde algún pequeño grupo de paranoicos de la política que viven alertándonos sobre los peligros del deporte rey como ‘opio del pueblo’, los cruzados o policías de lo correcto abundan, dejando ver tras cada una de sus rabietas, las fallas de su incomprensión. Este pequeño escrito, lejos de ser una respuesta a los guachimanes de la alta cultura que desprecia el futbol, es un manifiesto que busca explicar las razones detrás del llanto de un hincha o el porqué de las lágrimas de un niño con camiseta que vive, muere y resucita cada vez que ve jugar al equipo de sus amores.

En la historia de todo fanático que ayer gritó los goles de Flores y Hurtado ante Ecuador, existe una suerte de línea de sucesos compartidos, de elementos comunes en torno a la pelota que nos unen y nos hacen sentir la misma emoción cada vez que resuena ese pitazo que marca la pauta de los noventa minutos. Si fuiste futbolero, sabes muy bien lo que significaba esperar al recreo de la hora de cole o posponer la llegada a casa después de clases para acudir a esa loza de cemento con arcos oxidados y gritar cada gol como si se tratara de una final mundial. Si fuiste pichanguero de barrio, conoces de cerca la alegría de esperar al fin de semana para salir a pelotear con la mancha de tu cuadra, en medio de una pista poco transitada, imaginando que entre piedra y piedra medida con pasos, se hallaba esa portería a la que había que abatir a punta de pelotas rodaditas o por debajo de la rodilla. Si fuiste amante del balón, sabes que no importaba si llevabas puestas unas “super reno”, “nazaro”, “umbro” o “nike total 90”, con tal de que anotaras los tantos que te convertían en el goleador de la tarde. Si amas tu peloteo, no olvidas aquellos veranos de vacaciones en los que podías jugar partido tras partido, sin preocuparte por las horas aun cuando la canchita del parque no tuviera postes que te alumbraran cuando cayera la noche. Si adoras el toque y toque en pared, sabes que no importaba si tu vieja salía a buscarte con la correa, que dejabas todo en la cancha más allá de la apuesta que había de por medio, que no interesaba si la pelota ya había perdido todos sus paños. Lo importante era respirar y traspirar futbol, porque sin ello no vivías.

La niñez y adolescencia de cada hincha que ahora no deja de pensar en la clasificación a Rusia, estuvo marcada por ese deporte que nos une por encima de las diferencias, que no requiere de mayor ciencia para hacer sentir la misma alegría, así se juegue sin zapatos en la altura de Huancavelica, con el calor de un arenal en Piura o en el césped ahogado por la lluvia en Iquitos. Desde Puente Piedra hacia Chorrillos, hasta el Callao o San Juan de Lurigancho, no importa si dos o más futboleros se conocen o si ignoran sus nombres, edad o apellidos, pues para pelotear, rodar la bola, solo se requiere una tanta de gran emoción y de esa algarabía que te ayude a sacar un pase y anotar un gol.

Este país que aún no hace justicia con sus deportistas, ya tiene mucho con el escaso presupuesto que se destina al desarrollo de talentos más allá de los mal organizados panamericanos. Este país que añora y sueña con ser medallista en cada disciplina olímpica, ya tiene bastante con el maltrato que le regala a ese adolescente o joven en formación cada vez que tiene que rifar hasta la prótesis de la abuela para poder salir a competir, representándonos fuera de nuestras fronteras. Este país no necesita del tufo de supremacía moral de algunos (muchos) ‘intelectuales’ de redes sociales que no han publicado ni aportado a la ciencia, y que ahora hacen pataleta porque ‘los trogloditas del once contra once’ no cabemos en nosotros mismos de la emoción. No es capricho ni felicidad artificial, pues además de la pasión del hincha, esto también se trata de apoyar a quienes tienen en el deporte, la única alternativa para salir de la pobreza. Así que antes de joder con tu berrinche de ilustrado monacal, comprende un poco, pero comprende.

Texto e imágenes de: El panfleto
@ ‘Apología del hincha’ o las razones por las que amamos el fútbol

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