“Baby: El aprendiz del crimen” nos ofrece acción al ritmo del mejor soundtrack del año

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Escribe: Vladimir Soriano Galarza

Estamos en una época dominada por la nostalgia en los medios. Desde películas con guiños, reboots, remakes, secuelas tardías y, por último, pero no menos importante, los llamados homenajes; que lejos de realmente serlos, se convierten más en cartas de reproche al espectador, sobre que todo tiempo pasado fue mejor y que es nuestra culpa la desaparición de ciertas corrientes artísticas. Lo cual puede ser más cierto que falso, pero como mensaje en una película resulta peor que sermón de iglesia.

En este escenario, el maestro Edgard Wright decide regalarnos esta joya llamada “Baby Driver” (pésimamente traducida como “El aprendiz del crimen”), la cual contiene un soundtrack lleno de clásicos, pero encuentra su frescura al no elegir una década en específico que homenajear musicalmente. Todo está al servicio de una narrativa sencilla (un conductor de automóviles de escape de atracos con problemas auditivos quiere retirarse del negocio, pero lo obligan a hacer un último trabajo), pero visualmente la película es tan poderosa como todo lo que ha hecho antes, realizada muy a la vieja usanza sin depender del factor nostalgia en absoluto. Quien haya seguido la filmografía del señor Wright, ya sabe qué esperar en esta nueva aventura: un manejo de cámara preciso, una edición espectacular y un reparto solvente.

“Baby Driver” funciona como un musical, sin serlo; como los propios actores han declarado en entrevistas, las escenas de acción están todas coreografiadas al ritmo del soundtrack. Si hay que compararlq con una de sus anteriores películas, esto vendría a ser una versión extendida de la mítica secuencia de Don’t Stop Me Now de Queen en “Shaun of the Dead”. La gran diferencia es que toda la película está inundada de canciones y ninguna es realmente la más conocida o popular de sus respectivas bandas: incluso hay por ahí otra de Queen, pero bastante rebuscada, puesto que no se busca que el espectador se distraiga o reconozca las canciones –salvo quizás una o dos, pero cuya presencia está más que justificada-, sino que pongamos ojos y oídos a todo lo que ocurre en pantalla.

La película tiene un argumento sencillo, quizás demasiado, y eso hace que se dude sobre las intenciones de ciertos personajes (el cine y las series de TV actuales nos han acostumbrado a esperar giros insospechados), pero esta simpleza narrativa hace que la película tenga esa sensación de atemporalidad a lo largo de sus casi dos horas de duración. No conocemos mucho de lo que hay detrás de los personajes de fondo y algunos dirán que las decisiones que se toman son cursis, pero yo creo que Wright ha abrazado bien esa cursilería: se siente lo suficientemente real, pero al mismo tiempo es todo un gran espectáculo. Porque al final lo que más importa en esta película es precisamente la base de lo que es el cine: luz, movimiento y sonido. Importa más lo que vemos y oímos, lo que sentimos a partir de esa experiencia, que aquello que se cuenta.

En “Baby Driver” todo es llevado con una armonía magistral y la película nunca se siente fuera de sí misma, incluso en los momentos más violentos, donde no se guardan nada con el uso de sangre. No hay duda de que estamos ante una de las mejores películas del año y otro gran acierto en la filmografía de este director. Y se tiene ver en pantalla gigante.


Imágenes de: Utero

Fuente: Utero | “Baby: El aprendiz del crimen” nos ofrece acción al ritmo del mejor soundtrack del año

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