PERÚ CABRO

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El debate en torno a la unión civil homosexual recién está en sus albores. La voz antagonista más fuerte ha venido de un almirante retirado devenido en congresista. Se llama Carlos Tubino y cree que la “homofobia” es un término que no existe en el diccionario. Cree también –eso cree él– que el “Perú tiene una cultura católica y cristiana” y por ende la homosexualidad está proscrita. Considera que teniendo “nuestras raíces en la cultura incaica”, la ‘mariconada’ no gustaba a los poderosos hijos de Wiracocha. Repasemos la historia.

Por Eduardo Abusada Franco


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El polvo angosto. La entrada estrecha. Servicio completo: cara y sello. La puerta trasera que enhiesta a los más fríos. La divina y perfumada oquedad donde mueren los valientes. De tijerita para las lecas. Escenas descritas están vedadas para el congresista Carlos Tubino, quien, poniendo en duda la extinción del Neanderthal, considera que placeres aquellos no son parte de la cultura peruana. Lo apoya la más alta jerarquía católica. Nos permitimos reproducir la rima del MHOL en sus marchas: “Si Cipriani es Cardenal, qué le importa el sexo anal” (dicho sea, con el menor de los respetos).

MOCHES ‘CHIMBOMBOS’

La iconografía de la costa norte peruana del periodo preincaico, contiene escenas que bien podrían considerarse homoeróticas. La escena más célebre es en la que seres alados preparan un brebaje que será bebido por una pareja que está en pleno coito (ver reproducción). Para el filósofo Giussepe Campuzano, autor de la investigación Museo Travesti, se trata de una pareja que “está conformada, según sus vestimentas, por un ser sobrenatural y otro andrógino”. A decir del investigador, “el elemento sin par – el andrógino– es clave en la cosmovisión indígena”.

  En la sala de un hospital a las 9 y 43, nació Simón. Es el verano del 63, el orgullo de don Andrés por ser varón.

No obstante, el debate sigue abierto acerca de lo que hoy podríamos considerar escenas gay. “Hay testimonios de cerámicos de la cultura Moche. Entre los académicos no se meten mucho en el tema porque saben que es un poco resbaloso”, explica el historiador José Ragas, profesor de la Universidad del Pacífico. Sin embargo, considera que “en cierta forma es lo que está pasando ahora, buscar atribuir causas naturales a algo que sencillamente no lo es y que tiene que ver con otras razones. Lo que dice Tubino, al considerar que no es natural, es estar apelando a una cuestión social y tradicional”.

Fue criado como los demás, con mano dura, con severidad, nunca opinó. Cuando crezcas vas a estudiar, la misma vaina que tu papá, óyelo bien, tendrás que ser un gran varón.

En efecto, para Campuzano, la concepción preincaica no era necesariamente la idea binaria hombre-mujer, en la cual, el coito también se incorpora como elemento ritual. Incluso, la androginia estaría presente desde el mito de Manco Cápac, durante los inicios del Imperio Incaico, que por cierto duró menos de cien años. Tome nota Tubino, ya que eso de apelar a un pasado imperial “tampoco tampoco” (como diría el imitado vástago de su líder). Al respecto, la célebre erudita María Rostorowski escribe: “A través de las noticias de Garcilaso tendríamos que los varones de Hanan eran masculinos/masculinos, y los Hurin masculinos/femeninos. En cuanto a las mujeres, las de abajo se clasificaban como femeninas/femeninas, y las de arriba femeninas/masculinas”.

Por su parte, el profesor Richard Trexler de Binghamton University, desaparecido hace 5 años, en su libro Sex and conquest afirma que sí hay representación de sexualidad hombre-hombre en la cerámica Moche, así como travestismos en las culturas precolombinas, incluso en la ruda Azteca.

Más allá de los debates académicos, existen evidencias en los huacos de la costa norte, en los que lo escenificado es casi porno. La penetración, incluso de “perrito”, entre dos bravos “cholos”, se recrea con detalles dignos de un tráiler de Tabú I, sin llegar al hardcore. No vayan a ofenderse los pedófilos purpurados.

Al extranjero se fue Simón, lejos de casa se le olvido aquel sermón. Cambió la forma de caminar, usaba falda, Lápiz labial y un carterón.

INCAS “CHIVATOS”

Alguna vez, sus amigos le preguntaron al querido José María Arguedas, luego de uno de sus varios intentos de suicidio, “¿qué podemos hacer para que no te mates?”. Él contestó: “Impidan la llegada de los españoles”. Pero éstos habían llegado hacía unos 500 años (y José María finalmente se pegó un tiro), y con ellos su concepción rudimentaria del mundo. La única. La cristiana. Uno de aquellos barbudos que recaló por estos barrios antiguos, pero siempre nuevos para los europeos, fue el cronista Pedro Cieza de León, autor de Crónica del Perú, donde escribió respecto a algunos indios:”Los quales andan vestidos como mugeres dende el tiempo que eran niños, y hablauan como tales: y en su manera, trage y todo lo demás remedauan a las mugeres (sic)”. Indagando Cieza por este motivo, narra que le explicaron “que ellos no tenían la culpa, porque desde el tiempo de su niñez los auían puesto allí sus Caciques, para vsar con ellos este maldito y nefando vicio, y para ser sacerdotes y guarda de los templos de sus Indios”.

Cuenta la gente que un día al papá, fue a visitarlo sin avisar, vaya que error. Una mujer le habló al pasar, le dijo “hola qué tal papá, cómo te va. ¿No me conoces? Yo soy Simón. Simón tu hijo, el gran varón”.

Para la doctora en historia de Stony Brook University (NY, USA), Magally Alegre, la mirada de Cieza hay que interpretarla con cuidado. “En realidad, los cronistas (como Cieza) dicen que los Incas, en tanto quechuas, no estaban a favor de las relaciones homosexuales entre hombres. Solamente hablan de hombres. Sin embargo, esta es una mirada desde el cronista español, desde los prejuicios y las limitaciones del español. Si eso fuera cierto, era una manera de controlar por parte de los Incas. El Imperio era una confederación poco cohesionada, una tensión interna entre distintos tipos de etnias”, explica Alegre, autora de la tesis Androginópolis. Masculinidades disidentes y la creación de la República peruana. De tal manera, la teoría explica que los incas, para absorber al culto religioso a los pueblos sometidos, regulaban las prácticas y ritos religiosos de esas zonas como una forma de dominación. “Pretenden terminar con prácticas religiosas, moches sobre todo, de lo que se entiende como sodomía”, indica la historiadora.

Si los Incas aceptaban o no la homosexualidad, es un tema incierto. Lo que sí es cierto, es que existían prácticas sodomitas. Es innegable que en toda sociedad ha habido personas que tienen interés por otras de su mismo sexo. “Nada de lo que es humano me es ajeno”, escribió Publio. No se puede negar lo que está en la condición humana. Y tal es la prueba de que está, que recibió la sanción de los españoles. En el Archivo General de Indias, figura la siguiente penalidad: “Yten si algun ynidio condujere en abito de yndia o yndia en abito de yndio los dichos alcaldes los prendan y por la primera vez le den çien açotes y los trasquilen publicamte y por la segunda sean atados seis oras a un palo en el tianguez a vista de todos y por terçera vez con la ynformaçion preso lo remitan al corregidor del ualle (…)”.

No se puede corregir a la naturaleza, Palo que nace doblado, jamás su tronco endereza. No se puede corregir… Se dejó llevar por lo que dice la gente, su padre jamás le habló, lo abandonó para siempre. No te quejes Andrés, no te quejes por nada. Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonadas.

juan jose cabezudo 2

COLONIA “ROSQUITA”

Los estándares de la colonia española prohibían la homosexualidad y el travestismo, es cierto. Pero también lo es que hubo cierta permisividad. Tal represión, era un mecanismo de control de los ibéricos. Por ejemplo, durante la dominación española de Sicilia, acusaban a los italianos de afeminados como una manera de ejercer poder sobre ellos.

Pese al control, conductas como el travestismo fueron buscando una válvula de escape y la encontraron en los espacios rituales, en las fiestas patronales, como es el caso de los orígenes de la Tunantada, en Jauja, donde los protagonistas son hombres en ropas de mujeres. Campuzano va más allá y afirma que en plena colonia era normal: “El Virreinato del Perú, ya centralista, mostraba una Lima colonizada por sus propios mestizajes, donde los maricones participaban y definían el espacio social de la época”. Un documento célebre de esta libertad es la acuarela de Léonce Angrand (ver reproducción que abre este artículo), que fue vicecónsul en Lima y retrata a un mulato afeminado, con flores en el pelo, conversando a plena luz del día con otros ciudadanos.

Si bien los siglos XVI y XVII son de mucha represión sexual y la Inquisición trata de dominar la práctica sexual, esto puede ser muy relativo. Las penas llegaban hasta ser quemados en la hoguera, pero era muy poco frecuente, y más bien las sanciones por sodomía solían ser leves. “En el Perú, la Inquisición no persigue la sodomía salvo que lo haga con fines de persecución política. Más bien, la persigue dentro del ámbito eclesiástico, pues el peor delito era el de la ‘solicitación’, que era cuando el religioso pedía favores sexuales aprovechando el sacramento de la confesión”, explica Alegre. ¿Suena familiar y reciente? Habla Gabino.

Pese a dicha “persecución”, las penas eran muy leves. En 1759 Fray Diego Chacón fue acusado por la Inquisición por solicitación a tres jóvenes y un menor de 14 años. Anteriormente ya había hecho lo mismo en Guatemala y Ecuador, y la Iglesia solamente lo había amonestado y retornado a su convento pese a haberse declarado culpable.

Otro caso famoso es el de Francisco Pro, que fue vestido de tapada a la fiesta de la Porciúncula, y es reconocido por su hermana —quien identificó que la falda era de ella— y por un sereno de su barrio, quien lo arresta. Fue sentenciado a dos meses de trabajos forzosos y paseado por las calles en vergüenza pública. Durante su juicio se empezó a discutir el concepto del término “maricón”.

Y mientras pasan los años, el viejo cediendo un poco. Simón ya ni le escribía, Andrés está furioso. Por fin tuvo noticias de donde su hijo estaba. Andrés nunca olvidó el día de esa triste llamada.

Iconografía moche

Iconografía moche con personaje andrógino

moche

Huaco moche con escena homosexual.

REPÚBLICA “TRAVESTI”

En la convulsionada transición de colonia española a república independiente, sucede un extraño fenómeno en Lima. En palabras de la doctora Alegre, fue “una ciudad llena de masculinidades disidentes, que desencadenó cambios en la masculinidad hegemónica. Ya no era tan raro, ni tan oculto”. Tal fama de Lima impresionaba a los viajeros como Max Radiguet, quien visita nuestra capital hacia la década de 1830 y habla de ésta como de una “sociedad de maricones”. Radiguet cuenta que lo impresionó ver a hombres con inclinaciones por otros hombres, jugar de palabras (darse piropos) con otros varones en plena Plaza de Armas, lo cual era algo muy típico de aquellos años. “No iban vestidos completamente de mujer, sino que dejaban ver algo que identifique su orientación, como la manga de una blusa con bobitos, flores en el pelo, meterse la camisa en la parte trasera del pantalón para abultarse atrás”, señala Magally Alegre.

En la sala de un hospital, de una extraña enfermedad, murió Simón. Es el verano del 86. Al enfermo de la cama 10 nadie lloró.

El testimonio más emblemático que da cuenta de esto, se da a través del órgano de la Sociedad Amantes del País, El Mercurio Peruano, que era una revista científica. En dicho medio, se publicó el 27 de noviembre de 1791, ya llegando a fines la colonia, una sátira titulada “Carta sobre los maricones”, haciendo burla de la abundancia de éstos en Lima. El supuesto viajero que describe la capital la llama “Androginópolis”. Con esa relativa permisividad en la sociedad de aquel tiempo, el visitante cuenta que lo llevan a un sarao donde había abundancia de hombres con barbas y ropas de mujer. “Saco mi anteojo, lo aplico á los tostados rostros de estas señoritas; y al punto ¡que admiración! Las veo cubiertas de mas espesas barbas (…) enseñaron unos pies tan grandes, como serían los de Polifemo, pero bien hechos. ¡Que es esto! Le digo a mi huésped. Que ¿en esta tierra hay tal clase de mugeres?”, escribe el cronista anónimo.

Otro caso muy conocido es el de Juan José Cabezudo, quien tenía su puesto de viandas en la Plaza de Armas, donde además de vender comida, narraba las noticias del día con suma gracia y afeminamiento, por lo que se hizo muy famoso y rico y su puesto muy concurrido. Un mes por año se iba a las casas de juego del balneario de Chorrillos. Y la plata le daba para hacerse su retrato en el célebre estudio de Courret vestido de manera muy poco viril (ver foto arriba). Tan conocido era que es pintado por Pancho Fierro. El propio Ricardo Palma anota esas obras con su puño y letra, consignando: “Juan José Cabezudo, el maricón”, como consta en los Archivos de la Municipalidad de Lima.

La historia es larga y el espacio es corto. Ejemplos sobran. Todo depende del color del cristal con que se mira.

Hay que tener compasión, basta ya de moraleja. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. El que nunca perdona, tiene el destino cierto, de vivir amargos recuerdos en su propio infierno.

[Nota: Este artículo lo escribí para la revista Velaverde en setiembre de 2013]




Fuente: Plaza Tomada

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