Jon Lee Anderson: “No creo que todo esté perdido, a veces hay que pelear”

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Cuando era niño elaboró una lista de cosas que tenía que hacer a lo largo de su vida. La primera: ir a la guerra. A los ocho años creó el periódico “The Yangmishan Yatter”. Él era  editor y reportero principal; su madre, la mecanógrafa. Sin darse cuenta, mientras crecía y  vivía en más de ocho países antes de cumplir los 18 años, Jon Lee Anderson fue incorporando el periodismo y la guerra en su vida, una fusión que lo convirtió en el periodista que ha estado presente en casi todos los conflictos armados del último siglo.

Es diciembre del 2015 y Jon Lee Anderson se encuentra en el escenario del Teatro Municipal de Arequipa. A su lado Julio Villanueva, editor de Etiqueta Negra, espera que   más de 100 asistentes se terminen de acomodar para empezar la charla “¿De quienes  escribimos?” que se ha organizado en el marco del Hay Festival. Dura más de lo  previsto pero a nadie le importa: escuchar a Jon Lee es como recibir una clase  magistral de periodismo. Él, vestido con una camisa roja que contrasta con el blanco colorado de su piel, conversa con Villanueva y con el público, en un casi perfecto  español.

Hacia el final de la charla, el periodista Gustavo Gorriti hace la única intervención de la noche. Le pregunta: “¿Qué se debe hacer con la expansión del Daesh (Estado Islámico)?” y Jon Lee, que ha visto ejecuciones y ciudades destruidas, que ha servido de escudo humano en un bombardeo en una mezquita durante una batalla campal en la Franja de Gaza, y que ha perdido a ocho amigos periodistas en los últimos tres años en manos de los conflictos árabes, responde tajantemente que hay que eliminarlos, purgarlos bélicamente de su territorio, así como se hizo con el nazismo y el fascismo. Después de un breve silencio, los aplausos del público culminan el conversatorio.

Ahora, Jon Lee se arregla el pelo frente a su cámara web antes de responder nuestras preguntas. Afuera, dice, hace un día del carajo. En New Dorset, barrio en el que vive al sur de Inglaterra está lloviendo desde hace cuatro días. A Jon Lee no le gusta eso, pues la costa de Dorset es un sitio que lo inspira y con lluvia no es lo mismo. En este momento está frente a un escritorio dentro de su casa y viste una polera gris. En dos horas lo llamarán del New Yorker, diario en el que trabaja como reportero desde 1998, pero eso todavía no nos importa.

 

Cuando eras niño hiciste una lista de cosas que tenías que hacer a lo largo de toda tu vida. Dentro de ella estaba ir a la guerra, ¿cómo conociste la guerra?

Por la guerra civil española, por supuesto. El primer libro que recuerdo haber mirado era uno que tenía mi madre, quien era muy admiradora de Picasso. Este libro hablaba sobre Picasso y su familia en la época en el que vivía al sur de Francia. Ahí vimos algunas imágenes famosas como cuando aparece con ese camisón de rayas tipo marinero francés y con su boina. En este libro ya es un hombre mayor y calvo, tiene hijos y viven una vida bastante utópica con jardín y esculturas hechas por él. Había una serie de fotos que reflejaban su vida y entre ellas, una en la que aparecía con una mueca de dolor y angustia mientras miraba una foto de los caídos de la guerra civil española, su patria. Esa expresión me afectó mucho siendo tan solo un niño de tres años. Recuerdo vagamente haberle preguntado a mi madre sobre esa foto y sobre la guerra. Yo rastreo todo desde ahí, se me despierta un horror en la guerra como fenómeno, un interés en indagar sobre ella y una afinidad con Picasso y con la guerra civil española. Esa guerra fue mi abre-conciencia en torno al conflicto.

¿Y la primera guerra en la que estuviste?

En Guatemala, en el año 1982. Al irme de Perú fui a Washington y empezaron todas las guerrillas de Centro América. Mi primera oportunidad fue en el momento en el que el dictador Efrain Rios Montt, que era un tipo muy extraño porque era un evangelista de esos happy clappy, se había dado con el poder y estaba masacrando a gente indígena en el altiplano del país. Esa fue mi primera incursión en una zona de conflicto. Acto seguido, a los meses, tuve varias oportunidades más tanto en El Salvador como en Nicaragua. Para principios de 1984 vivía en El Salvador y sentí que allí se formaba el meollo de las cosas, era un lugar neurálgico en esa época y me mudé como stringer; reportero de más bajo nivel para la revista Time.

Cuando estudiaba en la Universidad de Florida, llevó todos los cursos que se le ocurrieron, pues no sabía exactamente qué era lo que quería ser. Política, literatura, filosofía, humanidades, ciencia. También llevó un curso de periodismo durante tres meses, que fue dictado por un profesor que no daba la talla. “Nos incentivaba a hacer una especie de periodismo burdo, el tipo era jovial pero no había ejercido mucho la profesión”, recuerda. Tenía 20 años y el periodismo no era algo que le llamara la atención en ese momento. De lo que sí estaba seguro era que quería viajar y escribir, aunque no sabía qué género. Casualmente, lo descubriría en la selva del Perú, gracias al semanario de la colonia británica, The Lima Times. Fue aquí donde se dio cuenta que el periodismo podía hacerse de otra manera y le encantó. Desde hace más de treinta años no ha dejado de encantarle.

Jon Lee Anderson

Conversando con Julio Villanueva Chang, editor de etiqueta negra, en una de las charlas que dio para el Hay Festival Arequipa. Foto: Leonardo C. Chambi.

 

A los 20 dejó la universidad y viajó a Perú a trabajar como guía de expedición. ¿Por qué eligió este país?

Yo era chico y esa fue mi primera oportunidad de conseguir un trabajo. Me parecía genial porque me ofrecía la posibilidad de dedicarme a la aventura de exploración. Luego, encontré un anuncio que invitaba a reporteros a presentarse.

Pero vino en los años 80 donde el terrorismo estaba empezando a sentirse con fuerza en el país, ¿recuerda algo de eso?

Recuerdo muy poco porque yo me fui de Perú cuando Sendero Luminoso recién empezaba a ponerse fuerte. Además, en esa época yo no estaba tan interesado en la política: pensaba que iba a ser un naturalista o explorador. Cuando Sendero apareció, fue tan distinto a las gestas revolucionarias en el resto del hemisferio. Era difícil de analizar. Era radical y hasta primitivo; colgaban perros y actuaban con tanta saña hacia la misma gente, primero por parte de la guerrilla y luego por parte del ejército. Ese tipo de violencia profunda era muy distinta a lo que se presentó en otras partes. Me llamaron más la atención los conflictos en El Salvador, Nicaragua y Guatemala porque, quizá, respondían a una pauta que parecía más continental y más comprensible. Lo de Sendero era una cosa casi perversa, muy propia del Perú, con esta cosa china rara… y bueno, resultó ser algo muy del Perú.

¿Cuál es, en su opinión, la diferencia entre guerrillero y terrorista?

Yo lo tengo muy claro: un terrorista es alguien que utiliza la violencia para provocar el terror entre sus contrincantes, pero no es reacio a utilizar la violencia indiscriminada y causar víctimas inocentes entre civiles. Los terroristas de Paris escogieron víctimas inocentes para propagar el terror cuando pudieron haber atacado una base militar francesa, que hubiera sido lo más legítimo dentro de lo que entendemos como regla de guerra. La mayoría de las fuerzas revolucionarias de la izquierda latinoamericana de los años 60 hasta los 80 respondía a la definición de guerrillero, con algunas excepciones. Y la mayoría de veces en las que fueron llamados terroristas por regímenes militares fue un poco injusto. Estos gobiernos, muchos de ellos nefastos y no legítimos, utilizaron la etiqueta de terrorismo para objetivar a todos sus contrincantes y así justificar desapariciones, torturas y asesinatos. Si un gobierno de facto no tiene legitimidad, ¿por qué dicen que el grupo guerrillero que lo reta es terrorista? ¿Porque ha hecho reventar un coche bomba en una plaza? Eso sí es un acto terrorista, pero ¿porque emboscaron una patrulla de seis soldados en un camino por ahí? Perdón, es lamentable, pero eso no es terrorismo: es un acto de violencia guerrillera, es un acto bélico de guerra. Aquí podemos partirnos en eso, pero yo tengo muy clara la diferencia. Y es curioso porque ahora que estuve en Perú, me di cuenta que todo el mundo utilizaba la palabra terrorista para hablar de los que habían peleado en contra del gobierno en un momento dado; sin embargo, y a pesar de que Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos están en la cárcel igual que Abimael Guzmán, no llegan a entender que su propio régimen también fue terrorista, narcotraficante y totalmente hampón. El Estado tampoco demostró ser muy limpio, hasta cometió actos terroristas….

Hay mucha gente que justifica eso diciendo que era lo único que se podía hacer para combatir el terrorismo…

Sí, está bien, ¿y también era necesario traficar armas a las FARC?, ¿y también era necesario sobornar a los legisladores del país? y así podría seguir… el problema es cuando uno se pone como dios, ahí no hay límites…

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Jon Lee vivió en lugares en los que sintió la violencia en su faceta diaria. En Corea del Sur, después de la guerra, hubo un intento de tomar el palacio presidencial por estudiantes que fue repelido con sangre y fuego. Él tenía dos años y su papá lo llevó de la mano a ver el palacio de Syngman Rhee, primer presidente de Corea del Sur. A los cuatro, cuando vivía en Colombia, tenía un guardaespaldas armado que lo llevaba al kinder. Un amigo de su padre fue asesinado, producto de la violencia política y endémica del país en ese entonces, y tuvieron que regresar. Su padre era asesor del gobierno norteamericano en programas de asistencia extranjera agrícola y es por eso que estudió en diez colegios distintos. Se crio en Europa, Asia, América Latina, Colombia, Estados Unidos y Liberia. Fue allí donde vivió por algunos días en el caserío Balama, ubicado en la selva liberiana, con Benjamín, el cocinero de su tío cuando tenía trece años. Conoció a la etnia Kpelle, aprendió su dialecto y hasta le otorgaron un nombre: Seke, que significa ‘el chico que llegó por sorpresa’. Conoce todos los países de América Latina, algunos mejores que otros. En Uruguay solo estuvo un día y afirma que le gustaría conocer más de Brasil. Pero de todos, de absolutamente todos en los que ha vivido, se queda con el Caribe, y en especial, con Cuba.

Es en el Caribe donde se siente como en casa…

Me siento bien dentro de esa fusión de sangres, entre esa cultura que han creado. Cuando estoy entre panameños, cubanos o costeños de Colombia siento una gran afinidad. Supongo que es por su soltura; son muy cuentistas, son sociedades muy orales, muy imaginativas, musicales, creativas, y tienen una mezcla interesante de sangre que no tiene América profunda. Tienen sangre indígena, europea, negra, africana y hasta china. Conozco una familia en La Habana que tiene casi todas las razas y se les nota. De pronto ves a uno chino en su salón, y dices bueno será su vecino pero no; es su hermano. Hay hermanos que han salido negros, blancos, chinos indios.

Tienen tanta sangre que les salta generaciones y aparecen todas ahí. Me parece genial y quizá ese sea el futuro de la humanidad, que con la mezcla de sangres nos salvemos del racismo y del sectarismo.

Se sabía que Hugo Chávez tenía una personalidad bastante carismática y cuando lo entrevistó, le cayó bien. ¿Cómo hace un periodista para separar la simpatía que te genera una personalidad como Chávez de lo que se quiere contar?

La primera vez que estuve en su presencia fue en el 2001. Él tenía año y medio como presidente. Era bocón pero no era violento, nunca nadie lo acusó de matar. A mí no me consta que haya sido un hombre malo ni violento, a lo mejor no fue un hombre apropiado, desencadenó un proceso que ha dejado a Venezuela en el ruin, pero no fue solo él, fueron los venezolanos juntos que crearon esa situación. Yo hago una distinción, Chávez no era Charles Taylor que está condenado en La Haya a 50 años de cárcel por crímenes contra la humanidad. Después de que dejó el poder se han atribuido algunas muertes a los servicios de seguridad paramilitares vinculados con el chavismo pero bajo su sucesor, Nicolás Maduro. Yo sentí simpatía hacia él pero igual lo juzgué en mis escritos. No tengo que justificarme con lo de Chávez. Hay gente que lo resiente y quiere que yo condene todo. Los venezolanos tienen una tendencia: quieren que uno sea su propagandista y eso a mí no me gusta, yo no soy propagandista de nadie, ni de Maduro ni de Leopoldo López. Lo que me consta es que el país está hecho leña, pero diría que los venezolanos en su conjunto comparten la responsabilidad de eso.

¿La responsabilidad de que sea una democracia o una dictadura?

No sé, yo no soy editorialista, intento no opinar a la ligera. Cuando emito opiniones es cuando he estado en el lugar hace poco y siento que tengo potestad para hablar. No me consta que sea una dictadura, todavía, porque me faltaría volver después de esta última elección. Ahora vemos que Maduro cuestiona la honestidad del comicio, lo que me parece una mala señal, pero hasta que no veamos más adelante lo que pasa, no podemos decir si el gobierno venezolano está gobernando con el beneplácito de una minoría o una mayoría. De momento no diría que es una dictadura…

¿Cuál es la peor dictadura que ha vivido América Latina en el último medio siglo?

Yo tiendo a juzgar a partir del ejercicio de la justicia por parte de los gobernantes. Más allá de la derecha o izquierda, los que mataron a sus ciudadanos son los malos. En los periodos violentos de Chile, Paraguay, Bolivia, Argentina y Uruguay, los gobiernos decidieron matar gente. Creo que ellos fueron los peores dictadores. Algunos dirán qué pasa con Fidel Castro… uno puede criticar la falta de libertades civiles con las que gobernaron Fidel y su hermano Raúl durante medio siglo, pero ese no fue precisamente un gobierno asesino; ellos sí tuvieron juicios sumarios abiertos al público. Al principio de la revolución, después del triunfo en el año 59, fusilaron a 340 personas después de estos juicios. Sí, eso fue un desastre de relaciones públicas por parte de Fidel, pero muy poca gente, en todos mis años de investigación, me ha podido presentar evidencia de que asesinó gente inocente. A lo mejor eran sentencias muy draconianas, muy severas que hoy en día no se darían, pero Pinochet, cuando tomó el poder, llevó a toda la gente al estadio del país y comenzó a fusilarlos en los camerinos. Toda su represión fue secreta, torturó y mató gente sin decir ni fu ni fa a nadie y luego quiso esconderlo, lo mismo hicieron los argentinos, los uruguayos, los bolivianos… eso es asesinar a su gente de manera cobarde.

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Ha escrito los libros Inside the liga, Zonas de guerra, Guerrillas, La tumba del león: partes de guerra desde Afganistán, La caída de Bagdad y Che Guevara: una vida revolucionaria. Mientras hacía las investigaciones para este último, una fuente le confesó dónde se encontraba la tumba del Che. Siendo reportero de guerra, Jon Lee ha tenido que cubrir la invasión de Estados Unidos a Irak y Afganistán, los regímenes totalitarios de Venezuela, Liberia y Cuba, el enfrentamiento armado en Libia, los conflictos sociales en Centroamérica y la guerra civil en Siria. Se ha sentado a conversar con dictadores como Augusto Pinochet, Hugo Chávez, Fidel Castro, Muamar el Gadafi y Charles Taylor. Este último fue hallado culpable de once cargos, entre ellos, asesinatos, violaciones, esclavismo, mutilaciones y uso de menores soldados en Liberia. Jon Lee confiesa que podía sentir la muerte en su presencia.

jon lee con un turbante azul dentro de un jeep. está en el desierto delas afueras de timbuktú. mali, febrero del 2013. Archivo personal.

Jon Lee con un turbante azul dentro de un jeep. Está en el desierto Delas afueras de Timbuktú. Archivo personal

Ha mencionado que un periodista no puede perder la capacidad de asombro. Pero después de haber visto muertos, asesinos, y haber conocido historias trágicas… ¿cómo se puede mantener esa capacidad?

Todos somos distintos, yo no creo que tenga el tesón de convertirme en alguien muy cínico o endurecido, más bien estas cosas me sensibilizan más. Tenemos diferentes etapas de vida y tal vez he pasado por etapas en las que me dejé de asombrar, pero me renuevo cuando voy a lugares nuevos e intento cumplir sueños de juventud que aún no he logrado. El año pasado fui al sur de Chile porque me invitaron a la Antártida. Al final, fue un viaje fracasado porque solo llegue hasta la Patagonia extrema, Tierra del Fuego. Pero recuerdo que desde que recibí la invitación hasta llegar allá tenía la emoción de un chico de 12 años. Era fabuloso, estaba en un estado alterado y alegre durante semanas. Yo sé que todavía hay, a pesar de todos los horrores que existen, un mundo natural y original. Si bien está en riesgo o destinado a perderse, todavía se puede ver en nuestras vidas, en nuestro tiempo. Procuro, cuando puedo, estar en esos parajes porque me reconforta muchísimo.

¿Cuál ha sido su entrevistado más difícil?

Dos me vienen a la mente. Pinochet por terco, viejo, militar, reacio y todo eso. Jalarle la lengua no era nada fácil, tenía que utilizar mucha maña para hacerlo y, sobre todo, paciencia. Y Charles Taylor, el entonces dictador de Liberia, desde el punto de vista moral. Solo estar en su presencia resultaba anti-natural, porque uno se daba cuenta que estaba junto a un psicópata, alguien realmente malo.

¿Era difícil al hacer las preguntas o porque lo intimidaban?

Intenté no dejarme intimidar, de hecho tuve varios encuentros con él. Y le hice las preguntas necesarias, le pregunté cosas fuertes. Por supuesto que no insistí mucho, porque uno sentía la muerte en su presencia, la muerte lo rodeaba, los que estaban alrededor de él eran asesinos, su séquito era asesino. Él era un asesino. Uno lo sentía y, naturalmente, también sentía temor.

¿Cómo se logra mantener la calma al entrevistar a alguien que sabe que ha cometido atrocidades?

Me ha pasado, pero tienes que disimular, saber controlar tus emociones y lograr el propósito. Tienes que recordar que estás ahí con un propósito: que la gente te hable y, ojalá, te confiesen cosas. Eso ayudará, a lo mejor, a entenderlos o incluso a juzgarlos. Lo importante es que hablen.

¿En algún momento sintió que había puesto en riesgo algunas de sus fuentes?

He intentado ser cuidadoso en ese sentido; sin embargo, hay un sinfín de posibilidades. No me consta haber puesto a nadie en peligro. Una vez en Afganistán, hace unos 10 años supe que una fuente mía, descrita de manera opaca en un artículo donde hablaba mal del Islam, estaba en peligro. El hombre era un ateo en Afganistán y mi escrito llamó mucho la atención a los hombres del cacique de guerra encargados de esa zona. Meses después, el número dos del cacique me dijo ‘oye yo sé quién fue’, me hice el loco y le dije ‘cómo crees saber’ y me dijo ‘es obvio. Es más, yo no estoy diciendo que le vayamos a hacer algo, pero tú sabes cómo es y hay perros del jefe’. A partir de ahí me moví y lo sacamos del país. En este caso el hombre de poder me hizo un gesto que nos ayudó, pero pudo haber resultado muy mal.

Cuando supo donde se ubicaba la tumba del Che, decidió no revelar la información, pero luego le comunicó a su fuente que lo haría público. ¿Qué hizo que cambie su opinión? ¿Cuál fue la reacción de su fuente?

Yo estuve en contacto con el general y sentí que él estaba a punto de comenzar a hablar. Cuando le dije que lo iba a publicar, él dijo que estaba bien. No le engañe. En un principio pensé guardarlo para mi libro, que ni siquiera había comenzado a escribir. Anduve como tres semanas con esa información y me di cuenta de que lo que tenía era muy gordo. La verdad es que yo no esperaba que la fuente me revelara eso, pero después de andar bobo me di cuenta que no podía guardarlo. Ya cuando salió, él lo negó y se escondió. Tiempo después lo tuvo que reconocer.

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Hace algunos años, el periodismo de guerra fue importante como medio para que los grupos terroristas hablen con la opinión pública. Jon Lee recuerda que cuando él quiso tener entrevistas con la IRA irlandesa, grupo paramilitar, hizo su primer contacto a través de un norteamericano irlandés amigo de ellos. Le dijeron que vaya a una librería a las tres de la tarde. Cuando llegó, todo estaba cerrado con candado y solo había una mujer atrás que lo miraba y le hacía señas para que vaya abajo. En efecto, ahí había un tipo que disimulaba leer libros. “Fue como estar en una película de John Le Carré”, cuenta.

Ahora que los terroristas comunican sus mensajes por las redes sociales no se necesita tanto de los periodistas. ¿Eso dificulta el acceso? En América Latina no hay tantos pero, en general, con los medios sociales, los brazos propagandísticos de cada grupo pueden encargarse de su propia difusión, no necesitan recurrir a periodistas para mandar su mensaje. A veces, para utilizar legitimidad, dan entrevistas que van con los regímenes, pero se ha dificultado más. Si antes eran reacios con nosotros, nos toleraban porque éramos necesarios, ahora que somos mucho menos necesarios, el cuadro ha cambiado.

Ahora para acceder solo depende de cómo generas la confianza necesaria…

Uno tiene que probarse y demostrar que es lo que dice que es. Primero, vas a tener que sobrellevar la sospecha natural de todo grupo ilegal: si los vas a entregar, que no eres un soplón o un espía. Te pedirán llevarte vendado al lugar, no puedes mencionar de dónde te sacaron, eso es un acuerdo tácito con el que tienes que lidiar cada vez que tienes contacto con cualquier persona que actúa en contra de la ley. Siempre hay un trabajo de diplomacia previo. Cuando yo quería unirme a un grupo guerrillero en tal parte, casi siempre había otro grupo que les hacía fachada política o unos representantes en otras capitales. Algunos se hacían los locos o te citaban a otro evento en un ambiente que ellos controlaran. Tienes que tomar cierta confianza con uno y luego, ellos toman la decisión de recibirte o no.

¿Cuáles son las diferencias entre las guerras de este siglo y las del siglo pasado?

En el siglo 20 vimos a las dos grandes ideologías totalitarias: comunismo y fascismo, siendo este último vencido y aplastado. Sobre todo, el nazismo que fue su ejemplificación más notoria. Luego, vino la Guerra Fría, que estuvo caracterizada por un montón de guerras de terceros, en las que murieron millones de personas. Lo que nadie esperó es que el próximo desafío al orden mundial fuera el Islam, sobre todo en esta era actual del yihadismo toxico. Posiblemente, este se puede rastrear desde los años 70, donde el comunismo se debilitaba y el Islam empezaba a llenar el vacío, más aún a partir de 1979 con la revolución en Irán. La gran diferencia es que los grandes ejércitos ya no se enfrentan uno al otro sino a un enemigo nuevo: un individuo que puede matarse y matar a cualquier otro con un fin ideológico. No es muy útil que EE.UU tenga un arsenal de armas, la gran maquinaria de la guerra no sirve. El Estado Islámico nos obliga a volver al viejo estilo de guerra: cara a cara. Por un lado, diría que es una continuación, ya que cada generación surge un credo totalitario que enfrenta la civilización. Yo no condeno al Islam como una religión sino en su aspecto bélico, en esa ideología chauvinista y extremista.

En el Hay Festival 2015 mencionó que una de las soluciones ante la expansión del Estado Islámico era eliminarlos. ¿Es la primera vez que se siente que un grupo humano debe ser exterminado?

Sí, en mi vida sí. No hay posibilidad de diálogo. Yo no estuve vivo durante la Segunda Guerra Mundial, pero si lo hubiera estado creo que habría sido claro en torno al nazismo. Siempre he pensado que era un culto a la muerte que se tenía que conquistar y aniquilar. Lo mismo siento con el yihadismo musulmán. Es la primera vez en mi vida, no tengo ninguna duda en decirlo, nunca antes he estado tan seguro sobre algo.

¿Más allá de los derechos humanos?

¿Qué derechos humanos?

La idea de no matar, de no quitar vida…

No, con esta gente que ha querido reincorporar la esclavitud, que queman personas vivas, que las ahogan en trampas especiales. Que han enterrado mujeres y niños vivos y lo han filmado, y puedo seguir… tiran homosexuales de techos no lo suficientemente altos como para matarlos y después los terminan con piedras en la calle. O sea, una crueldad, un sadismo, y un afán de conquista como no hemos visto en generaciones. No. Esta gente se tiene que matar, hay que matarlos, son monstruos, son‘frankesteins’, son malos, son asesinos en serie. No hay… no, qué derechos humanos… Mira toda esta habladuría que es políticamente correcta sirve para muchas cosas y proviene de algo: de occidente intentando pulirse y mejorar los estragos más nefastos que originaron en sus sociedades, y en gran medida lo hemos logrado. Hemos formado sociedades tolerantes en las que hombres negros pueden ser presidentes, hombres o mujeres gay pueden caminar con la cabeza alta sin ser reprimidos, toda una serie de estaciones que hemos delegado para tener una sociedad más justa. Todo eso está en riesgo hoy en día por esta estirpe de personas. Ellos son anti civilización. Yo no tengo ningún problema al pensar que después de los Juicios de Nuremberg, unos cuantos nazis se ahorcaron. A lo mejor hay que darles juicios, pero después hay que ahorcarlos o algo.

Si tuviera la oportunidad de entrevistar a algún miembro del Estado Islámico, ¿lo haría?

No sé, porque para hacerlo, ellos tendrían que haber hecho sus cálculos y determinar que yo les sirvo como propaganda. Creo que no. Es difícil decir esto como periodista, pero eso es. Hay un alemán que ellos dejaron ir a sus feudos, justo antes de que comenzaran a matar a gente… a James, justo antes… Hizo un gran despliegue, pero yo cuestiono todo lo que ha hecho ese periodista desde entonces. Lo mismo con el equipo que hizo este documental de Vice. Uno no puede ir a un campo de muerte y solo filmar lo que pasa en el patio para después decir que ha logrado un gran archivo periodístico. Creo que no, creo que hay un límite en lo que deberíamos hacer. A veces no siempre lo vemos, no sé si yo mismo lo he traspasado, pero ahora que me lo preguntas, siento que no podría hacerlo por razones morales.

Jon Lee Anderson

En el maidan, la plaza de la independencia de Kiev. Ucrania, en el 2014.

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En una entrevista Jon Lee contó que, con el tiempo, ha aprendido a vivir con el miedo, que las balas ya no le causan asombro, que es una cuestión matemática recibir una. Sin embargo, en el 2007 en Afganistán, sintió que la muerte estaba cerca. El grupo con el que estaba fue emboscado nueve veces seguidas por un grupo de talibanes y les disparaban de ambos lados de la carretera. Al hombre que manejaba el carro lo balearon y él tuvo que agarrar su arma. Se alistó para disparar por primera vez en su vida. “No me van a agarrar vivo”, pensó. Finalmente, después de casi cuatro horas de estar sitiado pudieron salir.

En una ocasión, le preguntó a un soldado Zeta en México si se había acostumbrado a vivir con la muerte. ¿Usted se llegó a acostumbrar?

Yo le estaba haciendo esa pregunta a alguien que mata gente. Yo no mato a nadie, pero me he llegado a acostumbrar a que eso es lo que ocurre en el mundo. Lo rechazo moralmente pero mi experiencia en vida me ha enseñado que existe, no puedo negarlo. Y no tengo la libertad ni la ingenuidad para ablandarme, o vivir una vida ajena y frívola, dedicada al entretenimiento, no, no puedo.

Después de todo lo que ha visto, no podría…

No. Intento enfocarme en cosas, como te decía, las cosas bellas de la naturaleza, la familia y todavía me aferro a ciertos rasguños de optimismo, cosas que me dan aliento, la juventud, qué se yo. Pero soy realista de los riesgos que hay. No quiere decir que pienso que todo está perdido, creo que no está perdido. Pero a veces hay que pelear.

¿Qué hace un periodista de guerra cuando ya no quiere saber más de guerra?

A veces es así, pero no es constante. Se presta más atención a la naturaleza, a la familia, a las cosas de la vida que son necesarias para nutrir el alma. A veces el alma se puede poner bien seca, entonces, para volver a alimentarla y reconfortarla, hay que buscar rodearse de la vida misma, recordar que no todo es muerte porque si no se ponen bien negra la cosa.

Después de dos guerras mundiales desastrosas y varias guerras civiles en diversos países de oriente y occidente, pareciera que no aprendemos nada y que estuviera en nuestro ADN seguir en conflicto permanente. ¿Por qué cree que el ser humano nunca puede alcanzar la paz?

La razón principal de las guerras es la injusticia, o la percepción de ella por parte de sectores importantes de las poblaciones del mundo; de no existir una sensación de bienestar existencial a consecuencia de alguna desigualdad, habrá inconformidad, y eso, si no está atendido, puede provocar un desenlace violento. Una vez derramada la sangre es casi seguro que habrá más, ya que en la mayoría de culturas esta enquistado el concepto de la venganza y así empieza el ciclo vicioso. Históricamente, la religión es quizás el factor más determinante en provocar y nutrir las guerras, ya que todas incuban preceptos de superioridad en sus adeptos y también de evangelismo, la noción de que tienen que regar sus creencias, sea como sea, por la tierra. Todas las religiones que yo conozco, además, sacralizan la muerte a través del martirio y el paraíso, e incentivan a que los seres humanos maten, luchen y mueran en la causa idealizada que pregonan. La muerte en aras de la causa es divina, supuestamente, y si no fuera por ese concepto, sería lo que en realidad es: escuálido.

¿Usted cree en dios, Jon Lee?

No. El celular de Jon Lee empieza a sonar. Son mensajes que le llegan desde Nueva York. Ya está atardeciendo y tiene que irse, debe cumplir con su labor para el New Yorker. En casa siempre tiene una maleta a medio hacer por si es que tiene que salir de viaje. Ha dejado de utilizar chalecos antibalas en sus comisiones: el último perfil que ha escrito -y que aún no termina de editar- es el de Michel Martelly, músico y presidente de Haití. Hace un mes le dijo a un periodista mexicano: “Esto no es vender seguros o ser banquero y trabajar el petróleo. (Los periodistas) somos los intrusos, el enquistamiento de los expresivos, de los polémicos, de los que somos humanistas… En conjunto intentamos oxigenar las sociedades que, sin nosotros, se quedan cerradas con los políticos, militares, narcos, corporaciones. Es momento de resistir. Eso: resistir”.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°9]

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Texto e imágenes de: Cartaabierta.pe
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