El estilo Zileri

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El 1 de octubre de 1950 apareció el primer número de Caretas. Este es un homenaje póstumo a quien encarna el espíritu de la revista. 

Hombre de temperamento volcánico, intuitivo y mordaz, Enrique Zileri dejó su sello personal en muchas páginas, titulares y sobre todo portadas de la más importante revista peruana de actualidad. Irreverentes, ingeniosas, cargadas de sarcasmo y dotadas de un humor corrosivo, esas portadas exhiben, todavía lozanas, las legendarias e incontenibles ganas de joder que Zileri cultivó a lo largo de su carrera periodística.

Contemplar las tapas de la revista entre los años sesenta y fines de los noventa es un ritual que repito con frecuencia. Son portadas que enseñan a mis alumnos que en el periodismo la ironía y la sátira pueden ser armas más eficaces que la diatriba y la bilis  (escrita y hablada), tan común en estos días. Zileri utilizó el humor para burlarse de manera sistemática del poder político. Ningún presidente, caudillo o torvo asesor se libró entonces (ni ahora) del ridículo. A todos les cayó, no sé si por igual, pero siempre con la misma sorna. Esos montajes basados en siluetas o primeros planos, inspirados en aquellos personajes que cada semana terminaban chamuscados por la coyuntura, revelan el saludable irrespeto por la solemnidad que Zileri practicó con delectación.

Pero los titulares de esas portadas también merecen unas palabras: se trata de  frases connotativas que ofrecen (o esconden) más de un significado. Son titulares que a menudo juegan con los sentidos para ser impactantes y sugerentes. Y esa cualidad, esa singularísima característica, los ubica en las antípodas del titular fáctico, frío e impersonal, abundante en la prensa limeña y cuyo ciclo de vida se desvanece después de unas horas, o peor, al cabo de unos minutos.

No ocurre lo mismo con los titulares de Caretas. Veinte años o treinta años después de haber sido publicados, todavía desatan sonrisas, despiertan interrogantes y provocan alguna entrañable evocación entre los adultos que vivieron otras épocas. Si el periodismo informativo está condenado a la fugacidad y el olvido, el periodismo de Caretas construye memoria y está llamado a perdurar.

En la escuela de Caretas apelar a los parónimos (esas palabras de sonido semejante y de similar escritura, pero que tienen distinto significado), es un sello de marca al momento de  titular un texto o una portada. Durante tres décadas, en todas las redacciones limeñas por donde mi estrés se instaló por días, meses o años, siempre encontré más de un editor de revistas o suplementos que a medianoche intentaba plasmar el estilo Zileri en su portada. Debo confesar que yo fui (que yo soy) uno de ellos… También le di mil vueltas a una palabra o a una frase durante muchas madrugadas con la idea de cargarla de significado y hacerla sugestiva. No siempre se alcanza el objetivo, hay que reconocerlo.

Es por eso que valoro el estilo de Caretas. La obsesión por captar esa frase que está en boca de todos para luego intervenirla y recrearla con estilo y con ingenio, hasta dar finalmente con un titular certero. Puede ser el estribillo de una canción, el título de un libro o de una película en cartelera; puede ser también una expresión coloquial, el lapsus de un político o de una figura pública. Siempre estará detrás el talento y la imaginación puestos al servicio de un periodismo que interpreta y busca profundidad.  

De todas esas portadas magistrales que nutrieron mi formación periodística, debo quedarme con una. La que he elegido expresa la ironía y el sarcasmo inconfundible de lo que he llamado el estilo Zileri.

Acaso como un mecanismo de defensa, Zileri trató de no tomarse las cosas muy en serio cuando su libertad o incluso su vida estuvieron en peligro. En junio de 1974 Caretas fue clausurada por la dictadura del general Velasco. No era la primera y tampoco fue la última represalia. Por entonces la dictadura perseguía, apresaba, enjuiciaba y desterraba a los periodistas de la revista. Ediciones completas fueron requisadas. En ocasiones la policía irrumpió en la imprenta y cargó con miles de ejemplares o los retiró de los kioscos. Así lo cuenta Domingo Tamariz en el segundo tomo de sus Memorias de una pasión.  

Tamariz recuerda los días posteriores a la clausura de la revista, la orden de captura dictada contra Zileri y la solidaridad de insospechados amigos que se ofrecieron a esconderlo. En ocasiones el perseguido debió cambiar de refugio cada noche para evitar ser detenido y deportado. Así permaneció dos meses, literalmente, en la clandestinidad.

En agosto de 1974, presionado por el escándalo político que sus órdenes desataron, Velasco dio marcha atrás; levantó la clausura de la revista y anuló la deportación de Zileri.

Caretas volvió a las calles el 28 de agosto. La foto de portada es una composición minimalista pero contundente: una enorme y pesada máquina de escribir, de las que entonces abundaban en las salas de redacción. Sobre ella, la máscara de un perrito risueño le saca la lengua a la dictadura.  El titular que Zileri clavó sobre esa imagen era tan irónico como desafiante:

[Publicado en la revista Carta Abierta N°8]

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Texto e imágenes de: Cartaabierta.pe
@ El estilo Zileri

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