Artur Domosławski: El observador de mitos

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Se ha hablado mucho del cronista y escritor Artur Domosławski, autor de la biografía definitiva de Ryszard Kapuściński, el ‘reportero del siglo XX. La polémica que desató su libro dio la vuelta al mundo. Durante el crepúsculo de su vida, Kapuściński desarrolló el concepto del periodista como intérprete de culturas. Siguiendo esa línea ¿Es Domosławski el intérprete de la vida y obra de Kapuscinski? Viajero, guitarrista, amante de Latinoamérica. Uno de los mejores periodistas contemporáneos en Polonia ¿Quién es Domosławski?

El camino
cuando lo dejas atrás
desaparece a tus espaldas
deja de existir
la geografía es una noción subjetiva
una especie de acuerdo.

Ryszard Kapuściński

Quizás aquello que impacte ipso facto sea la mirada. Artur Domosławski (Varsovia, 1967) tiene unos ojos azules afilados, pequeños, acaso entrecerrados. Unos ojos que te escudriñan al primer contacto. Podría decirse que Domosławski permanece en constante observación. Un vigilante repentino. Podría aducirse también que aquello es un reflejo de su esfuerzo por mirar –usa lentes con montura de carey-. Su mirada, no obstante, fluctúa entre el análisis distante y la contemplación calurosa. En una primera instancia, uno podría evocar en sus cavidades oculares a Stephen King, pero la equiparación se frustra a medio camino: mientras el narrador estadounidense intercambia miradas, gestos y sonrisas de forma tan consuetudinaria como superficial, la mirada del periodista polaco se mantiene fija, cual águila. Por eso, las veces que esboza su larga sonrisa, ambas prevalecen, son auténticas. Como practicaba Kapuściński, su viejo amigo y mentor, Domosławski se ha entrenado en las formas de mirar.

 

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Kapuściński non-fiction (2010) -editado en español por Galaxia Gutenberg-, la biografía definitiva del Kapu -como muchos lo conocen en Sudamérica-, no tardó en volverse el libro más célebre de Domosławski. Así como en el exterior fue laureado y reconocido, en Polonia quizás devino en la publicación más polémica de los últimos años. Muchos lo celebraron, otros rechazaron ver la imagen de su ídolo expuesta como un hombre ordinario, y lo llamaron traidor u oportunista.

Se trata de una osada pieza de investigación, en código narrativo, que indagando la vida de un personaje tan entrañable, talentoso y enigmático como Ryszard Kapuściński (1932-2007), reflexiona en torno al significado del periodismo, además de otorgar una acertada radiografía de la Polonia comunista mostrando cómo un izquierdista sobrevive al autoritarismo. La obra generó controversia especialmente
por las revelaciones sobre las relaciones extramaritales del Kapu –que tuvieron su réplica en un juicio que ha seguido los últimos cinco años con la viuda, Alicja Kapuścińska-; el análisis de la delgada línea entre la ficción y el periodismo en la obra del periodista; y su conexión con los servicios secretos de inteligencia de la Polska Rzeczpospolita Ludowa (República Popular de Polonia).

Domosławski emprendió un intenso peregrinaje que lo llevó por diversas partes de América, África y Europa durante tres años, buscando a las personas que conocieron a Rysiek -como le llamaban sus amigos- y siguiendo su rastro a través del mundo. También se sirvió de su propia experiencia como amigo y colega del Kapu durante los últimos años de su vida, rememorando las extensas conversaciones en el
estudio de su casa, en Varsovia. Además, colectó profusamente documentos de todo tipo: cartas, fotografías, diarios y papeles. ¿Cómo organizarse? ¿Cómo emprender la descabellada misión de descubrir la totalidad de una persona, sus pensamientos, sus pasiones, su tiempo?

Durante sus numerosas y prolongadas charlas, Domosławski nunca le sugirió al autor de El Imperio escribir un libro sobre su vida. Tampoco le pidió material par ello. Incluso cuando Kapuściński dejó el cuerpo, Domosławski jamás lo concibió. Nada. La idea llegó alrededor de tres meses después de la muerte del Kapu, a través de una amiga cercana. Esos días, Artur Domosławski estaba errando por Latinoamérica. Viajaba mucho. Una tarde en Santiago de Chile, recibió un e-mail. Su amiga le sugirió escribirlo. Creía que él era la persona idónea para tal odisea. El mail terminaba demandando una respuesta. Lo primero que pensó fue que no le interesaba. Luego se burló. En ese momento, sonaba como una verdadera locura. Lo descartó en el acto. ‘¿Cómo escribir una biografía? Nunca lo he hecho. No hay forma’, se dijo a sí mismo. Una biografía implicaba un trabajo interminable. Investigación. Entrevistas. Viajes. Sería un suplicio… Sin embargo, la idea descansó en sus adentros, cocinándose lentamente. Como una semilla plantada, permaneció ahí y pronto floreció. Semanas después, retomó el pensamiento. ¿Podría él, Artur Domosławski, escribir la biografía de su amigo y maestro, el legendario Ryszard Kapuściński? ¿Cómo encontrar un lenguaje propio que sea tanto político como emocional, y así narrar la historia en su propio contexto? ¿Podría intentarlo? ¿Lo haría?

Sin cuestionárselo, Domosławski empezó a releer toda la obra del Kapu. La tarea le tomó casi todo el año. Devoraba nuevamente los libros con cierta desorganización. En el fondo, no terminaba de entender su proceder. No estaba seguro. Escribir la historia de su amigo significab demasiado, tanto en niveles físicos como emocionales. En esos años, Domosławski seguía trabajando en Gazeta Wyborcza (Gaceta Electoral), el diario más importante de Polonia. No sabía si tendría el tiempo. Menos la confianza. La dimensión del material para colectar. El número de personas para entrevistar. Los viajes… Entre relecturas y apuntes, pronto se aventuró a planear. Empezó a dividir la vida del Kapu en periodos para organizar el material. Era todavía un borrador lejano de lo que sería la biografía. En el escritorio de su hogar en Varsovia, invadido de libros de Kapuściński y cuadernos con anotaciones, revisó exhaustivamente qué documentos de cada periodo poseía, cuáles faltaban y dónde los buscaría, cuáles y cuántas personas podrían saber algo sobre un periodo determinado y así. Algo que los polacos llaman buchalteria, el trabajo de contabilidad. Un orden preliminar.

Al empezar a moverse, no pasó mucho tiempo para que repare en una afortunada circunstancia: el acceso a los documentos fue muy sencillo, pues la gente estaba dispuesta a compartir. Además, los entrevistados eran muy abiertos. Querían hablar. Conocían a Rysiek y sabían quién era él: Artur Domosławski. Creían que era la persona adecuada para la tarea. Aquello facilitó el trabajo de campo. La trama fue dando forma. Domosławski fue descubriendo quién fue su admirado amigo. Quién era su maestro. Pero, a todo esto, ¿quién es Artur Domosławski?

Domosławski

Domosławski en las calles de Varsovia, durante la marcha de los Indignados, octubre, 2011.

 

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Estoy parado en una esquina del número 6 de la calle Słupecka, en el centro de Varsovia, frente al edificio de la redacción de Polityka, la revista más antigua y emblemática del país (1957) y actual lugar de trabajo del biógrafo de Kapuściński, que pertenece al área de Relaciones Exteriores. Lo veo a través de las paredes de vidrio del edificio, bajando las escaleras. Es él.

Artur Domosławski tiene una imagen peculiar. Alto, con el cabello canoso, algo desordenado. Lleva un polo rojo con un estampado de Bolivia. Si mi memoria no me es infiel, creo que decía ‘Revolución Inca’, con un sol en el centro. Viste también una casaca verde olivo con una ‘B’ en el hombro derecho, un par de jeans y unas zapatillas deportivas, como para salir a correr. En su muñeca derecha se descubren alrededor de cuatro pulseras cosidas a mano, artesanales, como aquellas que venden en Puno o Cusco. Probablemente sean de allí. Mientras se aproxima para darme la mano, me topo con esa mirada poderosa y punzante que no tarda en revelarse sincera. Domosławski ha indagado a través de mí y se ha aproximado, amigable. Si bien lo comprobé con antelación, vía e-mail y teléfono, quedo complacido al escuchar su perfecto español.

Ya en la redacción de Polityka, descendemos al nivel inferior, donde se encuentra una pequeña cafetería para los periodistas. Me ofrece un almuerzo. Me invita la opción veggie, un arroz con berenjena que tiene un relleno de queso con verduras. Él pide un plato con arroz y carne que no termino de recordar. Ambos tenemos botellas de jugo Tarczyn de naranja, una suerte de Frugos que existe desde 1967 -como Domosławski-, clásico en Polonia. Conversamos.

Elogiando su español, descubro que Domosławski domina también el inglés y portugués, además de su lengua natal. Estudió ruso durante ocho años en la escuela, mas la falta de práctica le ha afectado. Si bien el ruso y el polaco son lenguas eslavas -una oriental, la otra occidental- y ello, fruto de alguna mágica y geográfica eventualidad, las conecta, ahora capta mucho menos que antes. Domosławski cree que el polaco es un idioma que sólo lo habla un puñado de seres humanos y nadie comprende. Es difícil de traducir. Ello representa un problema para la difusión de la literatura polaca. Autores contemporáneos como Dorota Masłowska, Ignacy Karpowicz o los más populares y traducidos Andrzej Stasiuk o Jerzy Pilch, no son tan accesibles en español, a menos que seas de aquellos lectores hambrientos que siempre indagan en las novedades literarias.

El mismo Domosławski solamente tiene -por ahora uno de sus libros editado en español, nada menos que la biografía de Kapuściński, traducida por Francisco Javier Villaverde y Agata Orzeszek -la misma traductora de toda la obra del maestro Kapu, además de muchos otros escritores polacos-.

Domosławski no se acerca todos los días al edificio. Dada la naturaleza de su puesto, suele viajar o escribir desde casa. Polityka sabe lo que busca en él. No lo envían a Bruselas o París, sino a las ciudades del lejano sur, en Latinoamérica, tan exóticas como inciertas para ellos, tan seductoras como apasionantes para él. Tampoco escribe todos los días. Muchos escritores dicen que lo peor de escribir es escribir. Domosławski trata de dosificarlo: su semana tiene días en las que se dedica enteramente a escribir, pero también otros en los que lee muchísimo y toma notas, trabaja conceptualmente. Es un balance necesario para él. Suele realizar una breve pausa en la escritura entre cada texto, a menos que tenga un deadline: allí permanece frente a la pantalla, sin descanso. Todo es más complejo cuando escribe para la revista a la vez que trabaja uno de sus libros. Existe cierto caos y desastre en la organización del tiempo: teniendo la impronta de la escritura
por delante, ¿cómo darle espacio a la lectura, a tocar la guitarra, y a ver los partidos del Arsenal y el Barça?

Y sí. Artur Domosławski toca guitarra. En su juventud, alternó sus estudios con la Escuela de Música, donde aprendió guitarra clásica. Allí descubrió y se aficionó al estilo de diferentes compositores latinoamericanos. Pasaba las tardes practicando la guitarra clásica del brasilero Heitor Villa-Lobos, el argentino Jorge Cardoso o el paraguayo Agustín Barrios Mangoré. Domosławski mantiene una vieja relación intermitente con su guitarra: hay etapas de su vida en las que toca muchísimo, otras en las que la abandona largo tiempo. Cuando retorna al instrumento, le cuesta volver al ritmo anterior. Pero siempre vuelve. Algún día escribirá una memoria sobre sus guitarras, su interacción con cada una, y cómo esa relación representa una porción de sí mismo. La música para Domosławski significa otro acercamiento a Latinoamérica, más allá de heredar el afecto que el Kapu cultivó por esta parte del mundo.

Cuando abrimos las botellas de Tarczyn, reparo en que el reverso de la tapa tenía un pequeño texto en polaco. Domosławski me observa tanteándolo y coge el suyo. Sonríe. Me cuenta que estas bebidas siempre informaban alguna curiosidad sobre ciudades y pueblos del país. Noto su disposición a explicarme. Le doy mi tapa y empieza: “27. Stańczyki. Betonowe mosty w stylu rzymskich akweduktów. Quiere decir ‘Stańczyki. Puentes de concreto al estilo de los viaductos rumanos’. Son unos puentes muy antiguos de la ciudad de Stańczyki, muy turísticos, de principios de siglo XX”. Y así, continuó con el segundo: “20. Bartoszyce. Jedne z najstarszych posagów w Polsce. Aquí dice ‘Bartoszyce. Una de las estatuas más antiguas de Polonia’. Habla de unas estatuas con forma de hombres y mujeres, en el pueblo de Bartoszyce, al nordeste de Polonia”. En ese breve momento, Domosławski me remite a un niño: tan amable y abierto con un extraño -y uno tan diferente-, deseoso de contarme la más pequeña historia. ¿Sería acaso mi condición de sudamericano lo que motiva su apertura?

Mientras departimos, su celular empieza a timbrar. Mira la pantalla. “Es mi abogado”, me dice sonriendo y haciendo un ademán con la mano derecha, disculpándose. Escucho polaco alrededor de cinco minutos. Parece animado. Partirá en unos días a Brasil, pero debe volver a Varsovia, entre otras cosas, para continuar el juicio con la viuda de Kapuściński. Desde el 2010, Domosławski ha asistido incontables veces al tribunal civil de Varsovia. Tratan ahora de llegar a un consenso, relacionado a las próximas ediciones del libro, o algunas de sus páginas. Alicja Kapuścińska lo demandó por dañar su patrimonio inmaterial tras la publicación de Kapuściński non-fiction. Pero Domosławski es optimista. Finalmente, el juicio parece ad portas de terminar, no lo ha dejado en la ruina y –especialmente-, el libro sigue circulando. Ha recibido crítica variada por la biografía, usualmente positiva, y la mayoría de amigos cercanos del autor de La guerra del fútbol está de su lado, incluyendo a Jerzy e Izabella Nowak, sus mejores amigos.

“Tuve mala suerte con la familia de Kapuściński. En mi opinión, el libro no tiene nada brutal o desagradable. Ciertamente, hay etapas o decisiones difíciles en la vida de una persona y se cuentan allí, pero no hay intención de lastimar a alguien. Nunca la hubo”. Domosławski sólo entrevistó una vez a la viuda durante el tiempo que preparaba la biografía, en la entrevista Kapuściński. Mąż. Reporter (Kapuściński. Esposo. Reportero) a dúo con la periodista y escritora Teresa Torańska, para Gazeta Wyborcza, en el 2009. Todas las citas de ella en el libro pertenecen a esa entrevista, a excepción de algunas partes, como aquella donde Alicja habla de su familia en los años de la Segunda Guerra Mundial. Eso fue extraído de las conversaciones informales que tuvo con ella en años precedentes. Hubo ocasiones en las que ella le pidió que no escriba sobre tal u otra confidencia. Y él no escribió. Salvo una vez que se la encontró por casualidad en la casa de sus padres, jamás habló con la hija del Kapu, la artista visual y pintora René Maisner -antes Zofia-. Domosławski la buscó, mas ella nunca aceptó ni rechazó conversar con él. Con Barbara, la hermana del Kapu, el desenlace fue diferente. Domosławski viajó a Canadá para verla. Ella y su hermano tuvieron una relación algo distante, episódica. Ninguno estuvo presente la mayor parte de la vida del otro. Pero su conversación fue esencial para saber la otra versión sobre Rysiek durante la infancia y la guerra, y contrastar los recuerdos, como en el caso de la presencia de su padre en la masacre de Katyń. La memoria puede dar flujos tan engañosos como inciertos.

“Nadie quiere meterse en un juicio de cinco años. Aunque no se trate de un tribunal penal, es algo innoble: escuchar insultos y mentiras por horas, sobre qué tan mala persona eres. Muchos biógrafos prefieren abstenerse”.

Antes de separarnos, Domosławski me recomienda visitar Elite, una librería donde puedo encontrar autores polacos en español. Es cerca de allí, en el número 1 de la calle Tarczyńska 1, a la espalda del hotel Radisson Blu Sobieski. Al no saber cómo llegar, erramos por el edificio y sus pasadizos adornados con cuadros de todas las portadas de Polityka desde los años cincuenta. Las portadas son lúdicas, a veces irrisorias. Pienso en Caretas. Buscamos una computadora para acceder al Google maps. Terminamos irrumpiendo en una sala de redacción en la que un grupo de periodistas discutían apasionadamente. Había un mapa enorme de Varsovia en la pared. Me da las coordenadas con detalles. Quería estar seguro de que yo podría llegar. Salgo de Polityka sorprendido por la amabilidad de Artur Domosławski. Ya en la calle, empieza a llover. Camino empapado por las calles del centro, pensando que, de saberlo, Domosławski me hubiera prestado un paraguas, o al menos sugerido un lugar donde comprarlo.

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Colección de lapiceros en el escritorio de Kapuscinski, en su buhardilla. Ha de tener más de doscientos. De acuerdo a su esposa, los conseguía de todas partes. Foto: Diego Olivas Arana.

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Artur Domosławski no estudió periodismo. Tiene un Masters of Arts en Ciencias del Teatro y Drama por la Academia Nacional de Arte Dramático Alexander Zelwerowicz de Varsovia, graduado en el 1993. Sin embargo, su vínculo con el teatro ha desaparecido. No recuerda cuando fue la última vez que asistió a una obra. Antes de eso, abandonó al primer año sus estudios de filosofía en una universidad católica que detestaba. Durante su adolescencia, Domosławski ignoraba en lo absoluto cuál sería su destino. Sólo sabía que le interesaban las humanidades y que quería escribir. Siempre le apasionó, escribía cuentos y poemas.

1989. El año de la revolución, del fin de la República Popular de Polonia y del gobierno del General Jaruzelski. El año del sindicato Solidarność (Solidaridad) de Lech Wałęsa y la transformación democrática del sistema, tras décadas de comunismo. El teatro estaba en las calles, campañas, conferencias. El espíritu libertador. Eso atrajo y convenció a Domosławski. Entre los acontecimientos principales, se fundó Gazeta Wyborcza, que antes era un boletín electoral de la oposición. El primer diario de la Polonia democrática. Se oficializó como el diario más importante del país, y quizás de toda Europa Central. En ese entonces, el torrente liberador fue extinguiendo la prensa underground, pero todavía quedaban algunos exponentes. Fue precisamente en uno de ellos, la revista Kultura Niezależna (Cultura Independiente), donde Domosławski publicó por primera vez. Se trataba de un texto a caballo entre la reseña y el ensayo sobre Wiara i wina (La fe y la culpa), la autobiografía del político y activista polaco Jacek Kuroń, uno de sus héroes de la juventud. Domosławski estaba entusiasmado. El texto de diez páginas esperó en la cola largo tiempo. Cuando se publicó, la revista había dejado la clandestinidad y se vendía en los quioscos. La experiencia lo fascinó. Tras unos meses, empezó a colaborar con entrevistas en el semanario Po prostu (Simplemente), que había resucitado luego de su cancelación por el gobierno comunista en el 1957. Uno de sus primeros textos allí fue una reseña del primer Lapidarium del Kapu. El panorama motivaba a Domosławski a considerar seriamente el periodismo.

La fantasía de todo joven aspirante a periodista era escribir en Gazeta Wyborcza. Una mañana de 1990, Domosławski se encontró con un insospechado anuncio en la edición de Gazeta: ‘Buscamos jóvenes sin experiencia periodística o que no tengan experiencia escribiendo en el régimen anterior y estén dispuestos a trabajar tiempo completo’. No podía ignorar la oportunidad. Ese mismo día abandonó toda actividad para preparar una carpeta con los cinco textos que había publicado en Po prostu y Kultura Niezależna. Tomó el metro apremiado. La cita era a las cuatro de la tarde y Domosławski estaba frente a la redacción a las dos. No esperaba llegar tan temprano. Los nervios lo dispararon. Adentro, el editor del diario revisaba su carpeta mientras le hacía algunas preguntas. Domosławski mantenía la guardia, esquivaba cada estocada. Miraba fijamente al editor, quien dirigía la vista a sus textos, sin devolvérsela. “Parecen buenos. Vamos a leerlo todos y discutirlo en consejo. Te avisaremos”. Fueron menos de treinta minutos. Salió de la redacción extrañado. Luego de unos días, lo llamaron. El puesto como practicante era suyo, con dinero mas sin salario fijo. En tiempos en que la redacción funcionaba dentro de un kindergarten en el distrito de Mokotów, en la calle Iwicka, y todo era más improvisado, el no ser completamente ad honorem era más que suficiente. Domosławski tenía 23 años.

Domosławski no recuerda del todo cuál fue su primer texto publicado en Gazeta. Cree que fue una nota pequeña, de mil caracteres, sobre una conferencia de prensa del Ministerio del Medio Ambiente. Así empezó, full-time y aprendido a través de la inmersión, sin preparación alguna: demostrando tanto su experiencia intelectual para la escritura como la falta de pericia periodística en las calles. En una revolución, donde prepondera el movimiento y la incertidumbre, uno puede ascender en cuestión de días cadete a coronel. Luego de unas semanas, Domosławski ya lideraba las comisiones de las conferencias de prensa políticas más importantes y los principales eventos coyunturales de la ciudad. El cronista Artur Domosławski, futuro biógrafo de Kapuściński, empezaba a descubrirse.

Trabajó dos décadas en Gazeta Wyborcza, solamente interrumpidas entre los años 1995 y 1997, cuando aceptó introducirse en la televisión polaca, en un programa de noticias a profundidad. La ingenuidad del joven periodista le sugirió la experiencia como algo enriquecedor, mas devino en un caos. La pugna interna por el poder entre la televisión y los partidos políticos acabó por defraudarlo. Aprendió que estar frente a las cámaras era algo que no le interesaba, y regresó al diario, donde lo recibieron de vuelta con los brazos abiertos, como padres felices al retorno del hijo rebelde. Continuó ahí hasta el 2011.

Kapuściński non-fiction marcó el fin de su relación con el emblemático diario. Tras su publicación y el desarrollo de la polémica, sus colegas en Gazeta Wyborcza se dividieron. La atmósfera dentro de la redacción se había vuelto insufrible. Domosławski regresaba de sus viajes por América Latina y se sintió ajeno al diario, que a su vez pasaba por otros problemas. Decidió que era el mejor momento para partir, y aceptar la propuesta de la revista Polityka, que venía convocándolo por meses.

En Polityka era la estrella. Todos lo aclamaban. Su palabra era pedida en toda presentación, celebración o reunión del equipo. La biografía del Kapu lo había afamado. Domosławski siguió viajando y escribiendo sobre el exterior. Pensaba en la situación como un ‘cambio de clubes’: a nivel de prestigio y calidad, Gazeta y Polityka son el mejor diario y la mejor revista del país, respectivamente. Había desertado del club más rico y poderoso, el Real Madrid, para incorporarse al Barça, que juega con más sutileza y valentía. Una analogía que encantaba al nuevo staff que lo rodeaba.

Un año antes, en el 2010, Domosławski fue galardonado con el prestigioso premio Periodista del año, organizado anualmente por la revista polaca Press. Era ciertamente el hombre del momento.

 

***

El primer libro de Ryszard Kapuściński que leyó Artur Domosławski fue Cesarz (El Emperador). Para muchos, su magnum opus. Era 1982. El joven Artur estaba en primero de secundaria. Tenía quince años. Corrían tiempos difíciles bajo el infame gobierno comunista, con la Ley Marcial de Jaruzelski. Domosławski nunca olvidará cuando llamaron al aula una mañana, mientras escuchaba a su profesora dictar la clase de Literatura Polaca, su asignatura preferida. La invitaron a retirarse para siempre del colegio por introducir ideas políticas a sus alumnos. El director se había encargado de censurarla a nivel profesional. Ella no volvería a trabajar en ninguna escuela. El joven Artur era uno de los pocos compañeros que compartían la indignación por el suceso. Su antigua profesora terminó proyectando películas en el cine Ochota. Una vez a la semana, Artur y algunos de sus amigos se subían al tranvía y la visitaban en el cine, donde ella les daba clases clandestinas. En esas lecciones secretas descubrió El Emperador. Ella se los mandó a leer y tuvieron una clase entera para discutir el libro. El joven Artur
estaba fascinado por la lectura. En ese momento no concebía los conceptos de ficción y non-fiction, ni cuestionaba la precisión histórica de la crónica del rey etíope en su palacio. Consideraba el libro como algo que el Kapu experimentó. Y estaba encantado.

– ¿Mi libro favorito de Kapuściński?

– Sí.

– …

– … ¿O quizás no hay uno mejor?

– Yo diría que es El Emperador.

– ¿Ese es el mejor para ti?

– Sí. El Emperador. Es la mejor novela de Kapuściński. De hecho lo es.

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Artur Domosławski, cronista y escritor, fuera del café Charlie, julio del 2015, Varsovia.

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Para Artur Domosławski, existen dos discursos tras la caída del comunismo en Polonia. Primero, el anticomunista. En los años noventa –quizás hasta hoy-, este pensamiento volcó en un witch-hunt que señalaba y trataba sin comprensión a aquellos involucrados en el sistema anterior, personalidades de la prensa, la política y la cultura, como Kapuściński. Por otro lado, está la otra narrativa, bautizada por Domosławski como paternalista, que veía a las antiguas figuras del comunismo como personas que se equivocaron y ahora quieren redimirse, enmendar el error de ser comunistas en el pasado. Una narrativa que se opone al sistema, pero ve a la gente como Kapuściński con cierta compresión e indulgencia. Domosławski se consideró parte de esa segunda postura durante un tiempo, mas fue apartándose paulatina mente de esa corriente de pensamiento. Era una lectura errada de la época.

“La lectura que propongo de lo que pasó en nuestro país es diferente a las otras: considero la elección intelectual de una postura política, por diversos motivos, como una cosa legítima y comprensible. Si solamente aduces ser comunista a un error de la juventud, entonces creo que no has entendido por qué se elige ser comunista, por qué involucrarse. Definitivamente ese no era el caso del Kapu, quien perteneció al partido comunista por casi treinta años. Quizás en un primer momento, de joven, pero luego es la fe que prevalece, con críticas pero continúa. Siempre fue un idealista. Uno puede ser crítico sobre la postura de la Iglesia y seguir siendo católico. Así pensaba él”.

Y eso es lo que Domosławski transmite con su biografía. Una propuesta de interpretación. Su libro plantea otro factor vital para entender a Kapuściński: mucha gente de la oposición democrática que luchaba contra el sistema dictatorial no entendía que Kapuściński tenía una comprensión más global de todo. Era un izquierdista que experimentó tanto el oeste como el sur. Su punto de referencia del capitalismo no era, por ejemplo, las políticas sociales democráticas de Alemania, sino el colonialismo o neocolonialismo de África y los gobiernos dictatoriales de Latinoamérica. “Comparando tales sistemas, el socialismo, digamos, no se veía tan mal. Un factor que contribuía al contexto de la época”.

Nunca hablaron de esto con Kapuściński. Si bien confiaba en su discípulo, con quien compartía la forma de ver el mundo y sus avatares, Rysiek evitaba el tema. Ahora, Domosławski lo entiende como un miedo a que alguien utilice su pasado en su contra. Aunque habían excepciones. Una tarde de Varsovia, reunidos en su estudio en la calle Prokuratorska, Rysiek, entre fabulaciones y cotilleos, le reveló quién era el Oficial de la Inteligencia Polaca en México. Con nombre y apellido. Artur, extrañado, le preguntó por su fuente. Rysiek divagó, arguyó que eran viejos amigos. La situación se repitió en otras ocasiones, con otros personajes. Kapuściński atribuía su conocimiento a la amistad, a reuniones con vodka. Nunca daba detalles. Domosławski piensa que a través de esas pequeñas confesiones, su mentor le decía entre líneas que en algún futuro podrían surgir verdades peligrosas de su expediente, y aquello era el origen de su miedo.

Un retrato de alguien es una forma de desmitificarlo, de tratar de entender y representar a una persona en diferentes momentos de su época. En Kapuściński non-fiction, Domosławski nos acerca a un hombre mucho más humano. No obstante, al salir el libro, esa no fue la visión general.

Según el biógrafo, los polacos todavía no tienen una idea clara de lo que es una biografía. Contemplan este género como una hagiografía, aquellos libros que narran la historia de los santos. Domosławski cree que su libro es la primera biografía contemporánea publicada en el país.

Meses previos a su publicación, Artur Domosławski se reunió con el director de la editorial donde saldría el libro. Había entregado finalmente la versión íntegra, para que lo lean y revisen. Ahora que se volvían a ver, esperaba que tocasen temas menores y pactasen fechas, mas la situación fue diferente. No querían publicarlo. No así. Antes, le pedían que lo edite y modifique severamente. Querían censurarlo. Domosławski se negó. Cuando se disponía a salir del edificio, indignado, el director lo interceptó para negociar. “Mira Artur, un autor, Andrzej Franaszek, está trabajando desde hace años la biografía de Czesław Miłosz -nuestro Nobel-. Tú sabes que en su vida pasaron muchas cosas como las que escribes sobre Kapuściński, de la vida privada. Él no pondrá nada de eso en su libro. No se puede contar todo, entiende. Hay que ser discretos”. Un hombre, su obra y su época. Eso es una biografía. Domosławski no volvió a reunirse con ellos. Dos años después, cuando Kapuściński non-fiction era un bestseller todavía vigente, salió la biografía de Miłosz, incluyendo
todo sobre su vida privada. Domosławski se pregunta por qué.

La biografía del autor de Ébano cambió el paradigma del género en Polonia. ¿Por qué? Para Domosławski, la sociedad polaca era y es muy insegura. Por eso ama los monumentos. Domosławski contó la historia de su amigo como lo ve. Está fascinado por Kapuściński: un gran escritor, con una compleja personalidad, sus claroscuros, sus imperfecciones, en un mundo distinto al que conocemos… Pero una persona, al fin.

“A mí no me interesa contribuir a consolidar un monumento. No creo que contando facetas personales de su vida lo esté atacando. Es solamente narrar, lo bueno y lo malo, que podía tomar decisiones sobre las cuales yo podía estar de acuerdo o en desacuerdo o simplemente no opinar, en ese caso sólo las cuento. Quizás trato de sugerir algunas hipótesis sobre por qué hizo esto o aquello. No necesito juzgarlo”.

Domosławski trató de decir también, a través de su libro, que el sendero de la vida no está teñido de blanco o negro, no es perfecto o imperfecto, es ambos. Escribiendo sobre la vida de alguien, uno puede aprender algo de eso. Y tus lectores también: aprender sobre la persona de la cual escribes, sobre ciertos mecanismos universales, sobre una época y sobre el ejercicio de la profesión.

Kapuściński non-fiction dio la vuelta al mundo, mas no es la primera ni la última pieza en la bibliografía del cronista Artur Domosławski. Chrystus bez karabinu: o pontyfikacie Jana Pawła (Cristo sin un fusil: sobre el pontificado de Juan Pablo II, 1999) fue su primer libro. Domosławski escribió una serie de ensayos basados en los peregrinajes del Papa en su patria, a través de los años. Estas interpretaciones
que guardan reflexiones más políticas que religiosas, vistas por un polaco con una perspectiva no polaca, más crítica y amplia, tocan también el conflicto entre el Vaticano, Juan Pablo II y la teología de la liberación. El título hace alusión al Cristo con un fusil de la teología de la liberación; y al libro Chrystus z karabinem na ramieniu (Cristo con un fusil en el hombro), de Kapuściński. Antes de su publicación, Domosławski le pidió al Kapu que escribiera unas frases para la contraportada. El pequeño párrafo nunca se agregó, pues su mentor tardó en entregarlo, pero fue publicado póstumamente, en un libro con textos cortos de su archivo, así como introducciones a libros de otros autores, que la viuda del Kapu colectó.

Su segunda entrega, Świat nie na sprzedaż: rozmowy o globalizacji i kontestacji (El mundo no está a la venta: sobre el movimiento antiglobalización, 2002), fruto especialmente de sus viajes por México y Brasil a inicios de la década del 2000, evidencia más su atracción por Sudamérica. Domosławski considera esta compilación de crónicas y entrevistas un ‘libro momentáneo’, pues trajo nuevas ideas a Polonia, que fueron interpretadas como comunismo. Para ese entonces había viajado por Argentina, Chile, Perú, México, Cuba y Brasil, donde ya estaba haciendo entrevistas en portugués.

Gorączka latynoamerykańska (La fiebre latinoamericana, 2004). En su opinión y la de muchos, su mejor libro antes de la biografía del Kapu. Enteramente non-fiction, las crónicas aquí rayan con una colisión de experiencias políticas reflejada en una notable contradicción: Polonia, un país que ha sufrido durante décadas la dictadura socialista, el imperialismo soviético, contrastada con Sudamérica, donde libertad, las rebeldías, llevaban el estandarte de la izquierda. En otras palabras, la gente se oponía a los sistemas dictatoriales en América Latina en nombre de las ideas socialistas. Y del otro lado, nuestro movimiento de liberación, en el sistema polaco, era anticomunista, y los anticomunistas en Latinoamérica eran tipos como Pinochet o Videla. Domosławski confronta ambas realidades. “Los comunistas de Latinoamérica y los anticomunistas de Polonia eran gente que tenían las mismas ideas o quizás muy parecidas, pero con distintas palabras para definir sus ideologías. Al final, los nombres no importan demasiado: el espíritu de libertad, de rebeldía contra la opresión, es el mismo. Una sola alma”. El libro, que incluía una introducción de Kapuściński, fue ganador del Warszawska Premiera Literacka.

Ameryka zbuntowana. Siedemnaście dialogów o ciemnych stronach imperium wolności (América rebelde. Diecisiete diálogos sobre el lado oscuro del imperio de la libertad, 2007), su siguiente libro, es una colección de entrevistas con grandes intelectuales americanos de izquierda como Chomsky, Stiglitz, Zinn, entre otros. Fue galardonado, con el premio Beata Pawlak, para los periodistas polacos cuya obra aproxima otras culturas, religiones y civilizaciones. Beata Pawlak fue una periodista polaca especializada en el mundo árabe y el Islam, que fue asesinada el 2002 en un atentado terrorista en una isla de Bali, en Indonesia. El premio que lleva su nombre es muy famoso y respetado entre los reporteros polacos.

Tras la biografía del Kapu en el 2010, Śmierć w Amazonii (Muerte en el Amazonas, 2013), su último ejercicio de periodismo literario, consta de tres largas crónicas sobre Sudamérica –una de ellas da nombre al libro-. El próximo año publicará en México la primera versión en español de estas historias, una suerte de antología de sus tres últimos libros.

Actualmente, Domosławski prepara un libro de non-fiction enfocado en la exclusión, basado en sus viajes por Latinoamérica, África, Europa y Oriente Medio. A través de crónicas, describirá y tratará de comprender los diversos matices que generan la exclusión: la pobreza, la orientación sexual, la etnia, el género… “Se trata de diferentes partes del mundo y diferentes tipos de exclusión, que a veces se mezclan. Por ejemplo, aquellos que comparten la condición de ser migrantes, de orígenes afro, y además transgénero. Todo se puede dar en un mismo individuo. Minoría de minorías”.

Si bien afirma haber iniciado su afición por la literatura latinoamericana muy joven, en los años ochenta, con Gabo y Cien años de soledad, Domosławski desconoce si aquello pueda ser el origen de su afición por Sudamérica, reflejada ampliamente en su bibliografía ¿Podría ser, entonces, su devoción por la obra del maestro Kapu? ”Quizás. Es mucho más que eso. Nunca sé contestar esa pregunta. Probablemente en nuestros deseos e inclinaciones haya algo racional que podemos ubicar, definir y justificar, pero también algo misterioso, cuya razón jamás podremos comprender ¿Por qué me gusta más la música que la pintura? ¿Acaso porque tengo mejor oído para escuchar la música que visión para apreciar la pintura? No es tan fácil. Por ejemplo, a mí me gusta la pintura pero disfruto mucho más la música. Simplemente no lo sabes”.

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Timbre de la familia Kapuscinski en la reja de su casa, en la calle Prokuratorska. Foto: Diego Olivas Arana.

 

***

Los tórridos últimos días de agosto en Varsovia. Artur Domosławski ha retornado de Brasil y hemos pactado encontrarnos nuevamente fuera de la redacción de Polityka, en Słupecka. Viste ahora un outfit más ‘periodístico’, una camisa celeste arremangada y un chaleco beige con muchos bolsillos. Los mismos jeans y zapatillas deportivas. Caminamos hasta la 36 calle Grójecka, y entramos al café Charlie. Ambos pedimos latte. Me informa que no tiene mucho tiempo. Sonríe al mostrarle mi ejemplar de Kapuściński non-fiction, mientras le cuento mis fraudulentos intentos por hallarlo –ya sea español o inglés- en Varsovia. Terminé comprándolo online, en inglés. Empieza a auscultar el libro, sin mirarme, cuando le pregunto cómo conoció al Kapu.

A inicios de los ’90, Kapuściński empezó a escribir para Gazeta con un perfil bajo, fuera de la presencia pública. Domosławski iniciaba sus pesquisas en el periodismo. En ocasiones, veía al Kapu en la redacción, a la distancia, mas todavía no lo conocía.

Fue durante el segundo lustro de la década cuando los presentaron. Un día, el editor de Domosławski lo buscó diciéndole que alguien estaba interesado en conversar con él y lo llevó a du despacho. Dentro, Kapuściński los esperaba. Le había preguntado al editor por él. Quería felicitarlo por un texto reciente sobre las negociaciones entre las FARC y el presidente Pastrana en Colombia. Aquel fue el comienzo de su relación, que pasó de un trato discípulo-maestro a convertirse en una sólida amistad, durante los últimos nueve años de la vida del Kapu.

Se reunían aproximadamente una vez al mes, en el legendario estudio de Kapuściński, la buhardilla de su casa en la calle Prokuratorska. Allí, entre los miles de libros del autor de Viajes con Heródoto, los cientos de lapiceros y souvenirs, las fotografías y los poemas, sentados en torno en la pequeña sala de estar frente al escritorio del maestro, conversaban. Domosławski sonríe con la mirada perdida mientras recuerda. Lo estudio en tanto sorbo el café. Sus gestos parecen evocar con nostalgia una memoria apacible. Un adulto que recrea una travesura de la infancia. Quizás una broma en el colegio. De pronto un juego en el parque. Un momento acaso compartido, pero suyo, en el cual se sabe seguro y feliz. Domosławski detiene la evocación para beber su latte.

Hablaban de todo. Especialmente temas de actualidad en el mundo, el país y la redacción. Sobre sus propios proyectos de escritura. Sobre salud, pues el Kapu ya manifestaba los problemas con la cadera y la espalda. La literatura siempre estaba presente. Kapuściński amaba la poesía, gustaba conversar sobre Brodsky o Auden. Sentía mucho cariño por el poeta polaco Edward Stachura, a quien conoció y cita en uno de sus poemas. Apreciaba mucho el pensamiento político de Chomsky, comentaba siempre sus publicaciones. Domosławski también recuerda con gracia cómo, siendo un obsesivo erudito en diversos temas, Kapuściński no tenía mucho interés por el cine. Incluso ignoraba nombres importantes. Una vez, una amiga le comentó, riéndose, que el Kapu le había preguntado quién diablos era ese tal John Malkovich que estaba visitando Polonia y del cual no dejaban de hablar. No le importaba. Con la música era distinto. Su desconocimiento le preocupaba, quería aprender más y en ocasiones pedía consejos sobre que exponente de la música clásica debía escuchar. Era algo que tomaba muy en serio. Y bueno, acaso como todo periodista, Kapuściński disfrutaba el cotilleo. Muchas tardes amenas se fueron intercambiando chismes. Para Domosławski, algo increíble en su trato -y con los demás- era cómo te hacía sentir importante. Los feos eran príncipes; los bajos, gigantes; los mudos, oradores. Kapuściński no decía nada para generar tal efecto, solamente sonreía y te instaba a seguir hablando. “Sabía escucharte. Él te escuchaba”.

Domosławski cree que lo más importante del Kapu no era su feroz talento para escribir, tampoco su aguzada habilidad para escuchar a los demás, sino su forma de pensar. En el contexto que vivió, era un hombre muy diferente. Kapuściński criticaba la situación actual, pero no caía en la trampa del anticomunismo, de negar el pasado. Eso atrajo a Domosławski desde el inicio. Cuando empezó a viajar por Latinoamérica, el acercamiento entre ambos se intensificó, pues solamente Kapuściński entendía lo que él veía y quería transmitir, a diferencia de sus editores, quienes en repetidas ocasiones atribuían un pensamiento comunista-socialista a sus historias. “Me decían que estaba escribiendo propaganda. Sólo Kapuściński entendía esto”.

¿Por qué Kapuściński no publicó nada sobre el terrorismo en Perú? Domosławski bebe de nuevo y coge el libro, que había dejado en la mesa. Empieza a pasar rápidamente las páginas hasta la 405, donde me señala una cita del Kapu. “Como Hitler o Stalin, el líder es una suerte de Dios. Es la mentalidad de los Testigos de Jehová… Abimael Guzmán -el ideólogo de Sendero Luminoso- es un Maoísta. No tiene amor por el Perú, solamente deseos de guerra contra la sociedad peruana”. Era uno de sus apuntes sobre su último viaje al Perú en el 2000. Quería escribir un libro sobre Perú y otros países sudamericanos llamado Fiesta, mas el tiempo no le alcanzó. El Kapu visitó el Perú muchísimas veces: a fines de los sesenta, cuando se enclaustró un mes en un hotel limeño para traducir al polaco el diario del Che en Bolivia; o en los Andes peruanos en el setenta, cuando conversó durante días con granjeros y trabajadores sobre la reforma agraria de Velasco. Domosławski, quien conoce bien el Perú, recuerda haber conversado algunas veces sobre nuestro país con el Kapu. Incluso le mostró una edición de la revista Etiqueta Negra, fundada por Julio Villanueva Chang, a quien luego Domosławski conocería. “Cada vez que voy al Perú, Julio me lleva a muchos restaurantes, hacemos una suerte de turismo gastronómico. Es increíble. Perú tiene la mejor comida del mundo”.

Una llamada al celular de Domosławski es el preludio a su partida. Cuando salimos del café Charlie, le comento que ando buscando
los lugares importantes de Varsovia donde estuvo el Kapu. Domosławski, ya en la calle, me sorprende con su revelación: la casa de Kapuściński no está muy lejos, a unos treinta minutos a pie, en la calle Prokuratorska. Hace mucho calor, y los rayos solares generan un breve destello en mis lentes, y quizás en los de Domosławski, quien cierra un poco sus ojos por el efecto, viéndose más pequeños y afilados. Tras explicarme cómo llegar, se va apremiado, de regreso a Polityka, donde está su vehículo.

Lo veo esfumarse en la multitud, a paso rápido, y emprendo el camino al lugar donde ambos conversaban, al pequeño reino de Kapuściński. Mientras cruzo la pista, me pregunto qué haría si descubriese que mi maestro y amigo, aquel por el que siento no sólo confianza y afecto, sino una verdadera admiración, no sea lo que parece. Probablemente, como Domosławski, comprendería que es un aliciente más para la fascinación. Trataría de palpar esa complejidad. Aproximarme al entendimiento del laberinto del ser humano.

 

***

En Kapuściński non-fiction, se narra una anécdota ocurrida durante los talleres de la FNPI del maestro Kapu en México, en el 2001. Una periodista preguntó si era justificable el agregar una lágrima a una persona para intensificar el efecto literario. Gabriel García Márquez tomó la palabra. “Por supuesto que sí. Refleja mejor la atmósfera del momento, el estado mental de la persona descrita. ¿Dónde está la traición ahí?” Estallaba el debate cuando Gabo mira a su colega polaco y le pregunta sonriendo: “Tú también mientes a veces, verdad, Ryszard?”. El Kapu responde con una breve risa. Siempre creyó -al igual que Gabo- que la objetividad conducía a la desinformación. Domosławski camina con la misma brújula. Su fe en la subjetividad es casi una declaración de principios. La alianza entre el reportaje literario y la subjetividad tiene una base filosófica solida: “cuentas lo que TÚ ves, oyes o tocas, lo que TÚ sientes, lo que TÚ entiendes. Es más justo con el lector, pues es preferible sugerirle desde qué posición filosófica escribes o comentas lo percibido. Uno puede escribir subjetivamente y a la vez hacer una investigación rigurosa. No hay contradicción en eso. Para nada”.

 

***

“No es la primera vez que empiezo a temer que, sin pretender escribir una exposé, estoy descubriendo hechos sobre la vida del maestro que hubiera preferido no saber para nada, y que estoy creando un enorme banco opiniones negativas sobre él… ¿Tengo otra alternativa? Después de todo, un retrato de Kapuściński donde sus debilidades y defectos son visibles es más genuino que un ícono beatificado. Simplemente, es más realista. En todo caso, ¿no es esta versión de Kapuściński más interesante que aquella alabada hasta la muerte? ¿Más
instructiva que aquella falsificada? ¿Más humana que aquella puesta en un pedestal, cubierta de laureles y bañada en un éxtasis sin sentido?”, reflexiona Domosławski entre las páginas de la biografía que tanto le costó escribir y posteriormente asumir. Evitar ver a Kapuściński como una suerte de ‘santo civil’, sin mácula existente, y empezar a verlo como una persona normal, con miedos, motivaciones y sueños, que alcanzó lo extraordinario, fruto del talento y esfuerzo. Aquella fue su misión.

Ahora, tras cinco años de la publicación de Kapuściński non-fiction, el Kapu está más vivo que nunca, y Domosławski no se arrepiente de nada. Ciertamente, está algo cansado de explicar y responder tantas veces aquello que para él es elemental. Especialmente en Polonia, donde la controversia tuvo matices absurdos. Fuera del país, piensa el biógrafo, el libro ha generado debates más interesantes, y su mérito
es más reconocido. “Probablemente sea el precio por tocar a alguien como el Kapu, que para mucha gente es más un mito que una persona real”.

Mientas escribo esto, el cronista Artur Domosławski acaba de regresar de ver a los refugiados sirios en la isla griega de Cos. Estuvo antes en Sudamérica, y pronto partirá a Asia del Sur. Su curiosidad es obsesiva. Su identidad está en todas partes. La instrucción de su maestro lo ha determinado. Como remató el Kapu al final de uno de sus poemas, la vida viene de meterse en las profundidades.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°8]

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Texto e imágenes de: Cartaabierta.pe
@ Artur Domosławski: El observador de mitos

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